Día Del Estudiante Solidario.

León Gieco, Dante Spinetta, Alejandro Lerner y más artistas participarán en El Día Del Estudiante Solidario.

León Gieco, Dante Spinetta, Alejandro Lerner y más artistas participarán en El Día Del Estudiante Solidario.

El próximo 8 de octubre es el Festival del Día del Estudiante Solidario.

A 14 años del siniestro vial que se llevó la vida de los alumnos y su profesora cuando regresaban de un viaje solidario a Quitillipi, Chaco, la Asociación Civíl Conduciendo a Conciencia realizará un recital virtual y solidario para recordarlos, para agradecer la tarea y dedicación de otros miles de Estudiantes Solidarios y poner el acento en la necesaria continuidad de estas acciones.

Por las circunstancias de pandemia que atravesamos y el distanciamiento social impuesto para protección de todos, el show se realizará via streaming.

Varios artistas como Teresa Parodi, Los TipitosHilda LizarazuPiñón FijoBaglietto Lito VitaleAlejandro Lerner, Lula Bertoldi, Javier Malosetti, Ligia Piro, Andrés Giménez, Magdalena Fleitas, Los Auténticos Decadentes, Sandra Vazquez, Juanchi Baleirón, Agarrate Catalina, Kevin Johansen, Sol Mihanovich, Dante Spinetta, Miranda Johansen, Leo García, Ines Estévez, Franco Luciani, El Plan De La Mariposa, Yacaré Manso, Perotá Chingó, Los Raviolis  participarán desde sus casas, aportando canciones que generosamente han decidido compartir con otros artistas, en duplas singulares interpretando canciones propias, nuevas y clásicas para darle el marco que este evento merece.

Los accesos están disponibles a través de Tickethoy plataforma que transmitirá este recital. Esta vez, tenemos valores de ¨acceso solidario y consciente¨ desde $350.-, para que el público -dentro de sus posibilidades- pueda elegir el importe de su acceso y colaboración.

 

Todo lo recaudado será destinado a la compra alimentos no perecederos y útiles escolares que llegarán a 18 escuelas rurales que integran 1800 alumnos y sus familias, y a 3 hospitales en 5 provincias del norte de nuestro país. Así mismo y para quienes deseen realizar un aporte mayor independientemente del evento artístico, podrán hacerlo mediante el QR alojado en la página web de Conduciendo a Conciencia.

El hecho de contar con un evento cada 8 de octubre, no solamente visibiliza la labor concientizadora de Conduciendo A Conciencia, sino también el compromiso y el vínculo entrañable de los músicos con esta causa desde el 2006 ayudando, fundamentalmente, a sostener la labor que ellos realizan durante todo el año.

 

FUENTE: WWW.CMTV.COM.AR

Noel Gallagher

Eterno rebelde: explicó por qué se niega a usar barbijo
Noel Gallagher se quejó por las disposiciones del gobierno británico en torno al Covid-19
Noel Gallagher se quejó por las disposiciones del gobierno británico en torno al Covid-19 Fuente: Archivo
La rebeldía y la escasez de empatía le han servido al ex guitarrista de Oasis Noel Gallagher para construir su personaje de estrella de rock, incluso cuando no está sobre el escenario. ¿Tiene cosas políticamente incorrectas para decir en estos tiempos de pandemia Covid-19? Por supuesto que sí. «Me importa un carajo. Elijo no usar barbijo y si contraigo el virus, estará en mí y en nadie más«, dijo en el podcast Matt Morgan’s Funny How?, de su amigo, el comediante y conductor radial Matthew Morgan.

Primero señaló algo que tiene absoluta lógica: no está permitido en el Reino Unido ingresar sin barbijo a grandes tiendas comerciales, pero no hay problema si no se usa dentro de un bar, rodeado de gente que fue a tomar cerveza. «Todo el asunto es una tontería. Se supone que debés usarlos en Selfridges, pero no en el pub. ¿Sabés lo que quiero decir? Es como, oh, ‘en realidad, no tenemos el virus en los pubs, pero lo tenemos en Selfridges'», dijo Gallagher. Es atendible su comentario por la falta de lógica de algunas medidas tomadas para la prevención del contagio. Sin embargo, la ciencia ha demostrado que en la decisión de usar o no un barbijo muchas veces depende el hecho de que una persona con Covid-19 que se encuentre asintomático contagie a otra.

Como en la Argentina, en el Reino Unido actualmente el uso de barbijos es obligatorio, excepto para los menores de 11 años. Gallagher continuó con su postura: «Iba a ir a Manchester la otra semana -contó- y un tipo me dijo: ‘¿Podés ponerte la máscara, porque la policía de transporte subirá y te multará con 1000 libras?’ Pero no tenés que ponértelo si estás comiendo», ironizó el guitarrista. «Claro, este virus asesino que está barriendo el tren vendrá y me atacará, pero si me ve comiendo un sándwich, no».

"Nos están quitando demasiadas libertades", dijo el guitarrista y cantante Noel Gallagher
«Nos están quitando demasiadas libertades», dijo el guitarrista y cantante Noel Gallagher Crédito: Andrew Smith/Shutterstock

Y cuando su amigo y conductor del podcast le dijo que las mascarillas ayudaban a evitar la propagación, le respondió: «Escuchame, no es una ley. Ahora nos están quitando demasiadas libertades».

No es el primer artista del Reino Unido que da batalla contra la prevención. En la misma línea está el cantante de The Stone Roses, Ian Brown. Otros de los que están desafiando las decisiones políticas inglesas sobre la pandemia son el compositor Andrew Lloyd Weber, y el cantante Van Morrison, que piden por la reapertura urgente de las salas música y los teatros, con la presencia de público, aunque tomando las debidas precauciones.

Solo un final

El “Tano” Marciello, Scarcella de Rata Blanca y Clavito Actis juntos en esta gran versión.

El “Tano” Marciello, Scarcella de Rata Blanca y Clavito Actis juntos en esta gran versión.

Clavito Actis bajista y líder de Clavo´s Band volvió a grabar la canción titulada «Solo un final», incluída en su ultimo disco «Mutando«, editado en 2015.

La nueva versión de la canción fue grabada en este tiempo de pandemia y cada músico lo hizo desde su hogar.

Una excelente versión de la canción y en esta oportunidad tres grandes músicos se juntaron para hacerla: Clavo (Bajo y voz), el gran guitarrista Claudio «Tano» Marciello (Almafuerte) y el excelente baterista Fernando Scarcella (Rata Blanca).

Un rock potente súper bien ejecutado y altamente recomendable si se quiere escuchar un poco de energía y buen gusto en estos días.

 

Desde que llegaste a mi corazón,
desde que trataste de estar mejor,
ya no tengo tiempo de respirar,
estaremos juntos aquí y allá.

No te preocupes, métele ganas,
que el tiempo pasa y no queda nada.

No queda nada.

FUENTE: WWW.CMTV.COM.AR

Hotel California

un hit de los Eagles cargado de controversias
Timothy B. Schmit, Glenn Frey y Don Henley de The Eagles en un show realizado en 2004
Timothy B. Schmit, Glenn Frey y Don Henley de The Eagles en un show realizado en 2004 Fuente: AP
«Hotel California» es una de esas canciones de las que se ha dicho de todo. El mayor éxito de la carrera de los Eagles, un clásico de las FM y el tema de la banda que por lejos tiene hoy más reproducciones en Spotify (supera las 650 millones) es apenas un capítulo -el más difundido y celebrado, eso sí- de una narración mayor condensada en varios tracks del disco homónimo, considerado casi unánimemente como el mejor de su extensa trayectoria.

Los Eagles grabaron ese disco en un período de cambios importantes: fue el primero sin Bernie Leadon, responsable del sabor country de su música, y con Joe Walsh en la guitarra, lo que sumó un acento más rockero; también tuvo un protagonismo decisivo de Don Henley, baterista, cantante y autor del hit más poderoso y perdurable del grupo.

 

Henley desarrolló en las seis canciones en las que aparece su firma (sobre un total de nueve del disco) una historia fragmentada de una ciudad instalada en el imaginario colectivo como un paraíso soleado, pero también llena de sombras y neurosis. La California de Henley está cargada de lujos y vidas disipadas, de excesos problemáticos y decepciones y la canción «Hotel California», en particular, tiene esa misma naturaleza: bajo una superficie amable sobrevive un discurso en voz baja que siempre despertó la fantasía del mensaje encriptado.

La primera anomalía del tema tiene que ver con su propia estructura: las canciones de esa época que estaban pensadas para sonar en la radio americana (y esta sin duda era una) tenían que durar tres minutos y medio como máximo, con una introducción que no superara los treinta segundos. «Hotel California» dura seis minutos y medio, tiene una intro de cincuenta segundos y un solo de guitarra de dos minutos.

Pero las discusiones más entretenidas están sin dudas relacionadas con las interpretaciones muchas veces rebuscadas de una letra de apariencia simple. La canción habla de un hotel que primero atrae a sus clientes con sus encantos terrenales («puede ser el cielo, o puede ser el infierno») y luego los atrapa para siempre, una alegoría sobre la vida de excesos de las estrellas del rock en Los Ángeles (alcohol, drogas, promiscuidad sexual) encerradas en una lógica de hedonismo salvaje. Es probable que ese enfoque moralista es el que haya provocado las siempre disponibles «lecturas satánicas» del tema. Primero se dijo que el éxito en los charts fue producto de un pacto con el Diablo y que la letra era un homenaje a Lucifer. Después que era un guiño claro a la Iglesia de Satán, fundada en un edificio de una calle llamada California.

En cuanto al tema de las alusiones a las drogas, el verso «warm smell of colitas» sí parece inspirado por la marihuana: «colitas» es un sinónimo de lo que en la jerga argentina se conoce como «tuca» y hay otra frase de la canción -«my sight grew dim» («la vista se me nubló»)- que sintoniza esa misma frecuencia. Se sabe que Henley también estaba muy enganchado con la cocaína en la época en la que compuso el tema, a mediados de los 70, cuando el sueño hippie ya había sido rematado y muchos protagonistas de la contracultura empezaban un ejercicio de auto-observación por lo general teñido de culpa, ironía y crueldad.

Lo cierto es que por alguna razón difícil de especificar, «Hotel California» produce esa sensación de ambigüedad que transmiten algunas películas de David Lynch, en las que un lugar en apariencia apacible y placentero termina revelando con el paso del tiempo una cara oculta demoníaca. Si bien Henley dejó de hablar del asunto, agotado por la catarata de especulaciones, alguna vez explicó brevemente que en verdad la canción metaforiza los altísimos niveles de codicia en la industria musical y las trampas montadas para seducir a los jóvenes rockeros que eran su combustible principal. «Habla del lado débil y oscuro del sueño americano. Es un viaje de la inocencia a la experiencia», sintetizó el autor. Y hay líneas que realmente avalan ese sentido crítico: «You can check-out any time you like, but you can never leave!» («Podés pagar la cuenta en cualquier momento, ¡pero nunca podés salir!») es quizás la más elocuente.

Aun con todo ese contenido espeso cifrado en su letra, el tema fue un éxito rotundo que empujó al disco a permanecer como número uno en ventas de los Estados Unidos durante ocho semanas y a despachar más de 40 millones de copias en todo el mundo. El carácter conceptual del disco de los Eagles que lo tenía como track de apertura fue un gancho para una audiencia que empezaba a demandar (o a acostumbrarse) a ese tipo de oferta. «En 1976 se celebraba el bicentenario de la independencia de los Estados Unidos. Nos pareció buena idea hacer un álbum conceptual que en lugar de tener vaqueros del Lejano Oeste pusiera en primer plano a un lugar (California) que funcionara como un microcosmos bastante representativo del país que nosotros veíamos. Pensábamos que había que decir que teníamos que cambiar ya mismo si queríamos estar mejor».

 

 

Más allá del significado de «Hotel California», hay una historia adicional en torno a la canción, relacionada con un plagio denunciado informalmente por Ian Anderson. El cantante de Jethro Tull nunca llevó la demanda a la justicia, pero sí se refirió públicamente a la cuestión en más de una oportunidad. Es indiscutible que «Hotel California» es muy parecida a «We Used To Know», un gran tema de Stand Up, disco que Jethro Tull editó en 1969. «Salimos alguna vez de gira con los Eagles -contó Anderson hace unos años-, pero no conectamos demasiado con ellos porque hacían un rock rural americano relajado, prolijo y educadito, mientras que nosotros éramos unos ingleses medio chiflados que tocaban una música muy rara. Solo intercambiamos cumplidos en las pruebas de sonido, no hubo más comunicación que esa, pero no puedo dejar de pensar que, aunque sea de manera inconsciente, Henley tomó nuestra canción como modelo para la suya. Es la misma secuencia de acordes en un tiempo y una tonalidad diferentes. Es la misma canción con un ambiente levemente distinto, digamos. Es lo que yo pienso, pero suelo decir en broma que lo tomo como una especie de homenaje».

Unos veinte años más tarde de la aparición de esa discusión amable que Anderson quiso entablar, pero que no generó ninguna respuesta concreta de los Eagles, los hermanos Coen apostarían por la gran versión «spanish remix» de los Gyspy Kings para darle color a El Gran Lebowski, una de sus películas más brillantes, que también escondía debajo de la fachada de la comedia fumona una crítica ácida a aquellos Estados Unidos de George Herbert Walker Bush y la Guerra del Golfo que seguramente ellos deseaban cambiar.

Toots Hibbert

La última entrevista
La leyenda del reggae Toots Hibbert murió el viernes pasado a los 77 años
La leyenda del reggae Toots Hibbert murió el viernes pasado a los 77 años Crédito: Wayne Lawrence

El 28 de agosto, Toots Hibbert editó Got to Be Tough, su primer disco en 10 años, y Rolling Stone tenía preparada una larga entrevista con él. Su autor, Jason Fine, tardó algunos años en poder confirmar su viaje a Jamaica para estar cara a cara con la leyenda del reggae, el líder de Toots and The Maytals, que de 2013 a 2016 estuvo sin tocar en vivo porque un fan le tiró una botella de vodka al escenario y le pegó en la cabeza en un show en Estados Unidos -en la primera gira después de ese incidente, tocó en Argentina en octubre de 2016 en el festival BUE-.

En los últimos meses, Toots estaba de regreso, entusiasmado por un disco coproducido por Zak Starkey -hijo de Ringo Starr- en el que hablaba de la desigualdad en su país y su vida atravesando un sistema que no lo trató bien. Pero, lamentablemente, a los pocos días del lanzamiento de Got to Be Tough, el músico fue hospitalizado con síntomas de Covid-19 y el viernes 11 de septiembre por la noche falleció a los 77 años.

A continuación, la nota completa a Toots Hibbert:

Fueron necesarios dos años de llamados y negociaciones confusas para que me invitaran a visitar a Toots Hibbert en su fortaleza de estuco rosado en la zona de Red Hills de Kingston, Jamaica. Cuando finalmente llegué, él no estaba en la casa. Nadie parecía saber el paradero del cantante de reggae vivo más grande del mundo. Su nieto, un aspirante a artista de reggae que se hace llamar King Trevi, estaba sentado en una escalera de cemento, y sugirió que quizás Toots había ido al gimnasio. Una mujer colgando ropa sobre una soga me dijo que quizás había ido al campo. Otra persona me dijo que probablemente durmiera la siesta.

Me indicaron que esperara en un jardín, junto a una verja sucia con los colores de la bandera de Jamaica. Había un viejo de rastas con una camisa de malla sentado en una banqueta de madera bajo la sombra de un árbol de mangos. Me advirtió que me alejara de los Rottweilers, que susurró que eran «peligrosos». Por suerte no vi ningún Rottweiler, apenas un perrito rengo que jadeaba en la sombra. Cerca mío, el chofer y guardaespaldas de Toots, Courtney, al que también le dicen Wesley, comía un plato de pollo para llevar apoyado en el capó de su Toyota Corolla. Le pregunté si había visto al jefe. Su respuesta fue simpática, pero inconducente. «Nyah va y viene», dijo Courtney, usando el nombre con el que la familia y los amigos se refieren a Toots. «Cada día es diferente, le cambia el humor, los sentimientos. Tiene muchas cosas en la cabeza. Un tipo así jamás tiene tiempo suficiente. Èl sigue su propio ritmo. Es el líder y nosotros sus seguidores». Después tiró los huesos del pollo al suelo para que el perro naranja, o quizás los Rottweilers, se los terminaran.

En alguna parte, no muy lejos, se oía música, como si sonara detrás de unas paredes: una pesada línea de bajo de reggae, una guitarra rítmica, teclados derrapando por arriba. Era una sección breve y repetitiva, que tronaba en el aire caliente y quieto. En un momento, entraron unas voces intensas y rítmicas en la mezcla:

¡No están robando nuestros derechos!

¡No les importa

que no nos hayan dado nada! ¡Nada, nada!

La voz sonaba herida pero desafiante, un aullido por momentos gozoso. Era inconfundiblemente la voz de Frederick «Toots» Hibbert, uno de los creadores de la música reggae, y uno de los cantantes de soul más grandes de la historia, en un linaje que incluye a Sam, Ray y Otis. Muy pocas de las voces pioneras de la música moderna siguen vivas y vitales (su amigo Willie Nelson sería el ejemplo más cercano), y así Toots es un tesoro viviente, una estrella cuya luz se originó allá lejos y hace tiempo, pero sigue brillando para nosotros aquí y ahora.

De repente, la música se detuvo. En el silencio, escuché loros discutiendo sobre las palmeras, y niños que jugaban en alguna parte. Cuando levanté la cabeza, apareció Toots de la nada, emergiendo de una puerta de metal en la parte trasera de su propiedad. Llevaba un jogging grande y negro y una camiseta también negra y sin mangas, con los anteojos de sol apoyados sobre su cabello de rulitos negros. Con setenta y largos, es un hombre compacto y sólido, con brazos fuertes y musculosos, y los movimientos rápidos y eficientes de un boxeador (Toots era boxeador de adolescente). En una mano tenía un vaso de plástico de un líquido transparente, y en la otra un repasador sucio, que usaba para secarse el sudor del rostro, y después se colgaba del cuello de la camiseta.

Se lanzó a una sonrisa enorme, y me saludó con las manos en el aire. «¡Fireball!», gritó para recibirme. «Bienvenido al Centro del Reggae».

Esto fue en 2016, cuando Toots no salía de gira y se guardaba en su casa, anclado luego de que un fan arrojara una botella de 1 litro y tres cuartos de vodka al escenario que le dio accidentalmente en la cabeza durante un recital en Richmond, Virginia, en mayo de 2013. Hizo dos shows más antes de que un médico le dijo que había sufrido un golpe grave y tenía que cancelar todas las fechas que quedaban. Las giras habían sido el motor de Toots desde los 70, cuando su clásico Funky Kingston (uno de los mejores discos de reggae de la historia) lo transformó en una superestrella global que tocaba con The Who y The Eagles, y lo ayudó a construir una máquina de giras internacionales de cuatro décadas. En los 2000, con sus pasos de baile estilo James Brown y su voz especialmente poderosa (aún ahora, rara vez sostiene el micrófono más cerca que a la altura del pecho), Toots estuvo en todas partes: encabezó festivales, lideró grupos de jam, teloneó la gira Bigger Bang, de los Rolling Stones, apareció en la fiesta de año nuevo de St. Barth’s con los Red Hot Chili Peppers.

Luego todo se detuvo. No hizo ningún recital hasta 2016. (En retrospectiva, Toots dice que debería haber cancelado la gira de inmediato después del accidente, por motivos tanto de salud como legales, pero «esos no son mis principios. Un boxeador jamás se da por vencido, a menos que le hayan pegado muy duro»). Hubo dos largos juicios: un proceso criminal contra el chico de 19 años que arrojó la botella (Toots pidió que no fuera a la cárcel, pero le dieron seis meses) y una demanda civil contra los organizadores del evento y que se extendió tres años antes de que se alcanzara un acuerdo. La situación arrojó a Toots a un espiral de ansiedad y depresión. «Ahora estoy mejor», dijo. «Me duele la cabeza, tengo miedo, tengo que tomar medicación. Atavesé muchas cosas, pero gracias al Dios poderoso, sigo adelante, man. ¡Me dicen Fireball! Mientras esté fuerte, seré joven».

Desde la lesión, Toots se retiró al estudio, que bautizó el Centro del Reggae, y donde pasa muchas veces siete días por semana, incluso navidad y su cumpleaños. «Si no estoy en la cama, fijate en el estudio», dice.

A pesar del nombre con apariencia oficial, el Centro del Reggae es simplemente un departamento húmedo con paredes de cemento amarillas y un aire acondicionado viejo. Hay un televisor encima de la consola de grabación que en general transmite tenis; hoy a Toots lo distrae un partido de Roger Federer. «El es un fireball», lo admira Toots. El único lugar para sentarse es un sofá improvisado con el asiento de atrás de una van. Hay discos rígidos por todas partes, tambaleándose en los bordes de la consola, apilados en los pasillos, incluso sosteniendo abierta una puerta. Los discos están repletos de canciones que grabó Toots en los últimos tres años; cientos de pistas, según su ingeniero, Nigel Burrell. Hay canciones de fiesta y de protesta, canciones de navidad, y covers de Ray Charles y Otis Redding. En muchos casos, hay múltiples versiones del mismo tema, grabado en estilos diferentes. Toots toca casi todos los instrumentos y canta todas las voces.

La mayoría de las canciones del disco nuevo, Got to Be Tough, que salió el 28 de agosto, empezaron en esta sala. El disco, coproducido por Zak Starkey para su sello Trojan Jamaica, es como una plegaria ardiente dirigida a un mundo en su punto de quiebre. Las canciones, que exhiben la voz granulada y suave de Toots y los riffs de guitarras vintage de Starkey (con algunas apariciones en la percusión del papá de Starkey, Ringo Starr), denuncian el legado de la esclavitud y el racismo sistémico en Jamaica, la creciente desigualdad económica, la destrucción del medio ambiente y los propios pesares de Toots por un sistema que lo vapuleó. Pero Toots no se hace la víctima; es un luchador, un sanador, la voz de la razón.

«Siempre pensé que Toots and the Maytals eran como el punk rock del reggae», dice Starkey. «Cuando era chico, en mi casa sonaba mucho reggae y la sensación que me producía Toots era la misma que The Who, una sensación de agresividad y excitación, las canciones hablaban de cosas. El poder de su voz está más allá de cualquier otro que yo haya conocido. Y él atravesó generaciones de música jamaiquina. Era un adelantado al principio, y sigue siendo un adelantado. ¿No es increíble eso?».

«A Toots no lo podés comparar con nadie», agrega Ziggy Marley, el hijo de Bob. «Como a Bob. Toots es una de esas figuras especiales. Toots es Toots. Es único».

Hoy, Toots y Nigel escuchan una mezcla de «Ten Shillings», con una letra encantadora contra los deshonestos productores que contrataron a Toots y otros artistas jóvenes con contratos terribles que los obligaban a ceder sus derechos por unas monedas, o a cambio de un almuerzo. Este patrón de maltrato continúa: productores y sellos depredadores, managers corruptos e ineptos, y a veces algunas malas decisiones del propio Toots. «Hay muchos problemas de confianza», dice su abogado y amigo Roderick Gordon. «Muchas veces salió mal».

«A veces pienso: ‘¿Quién paga? ¿Cómo paga?'», dice Toots, inclinado sobre su guitarra en el estudio. «No voy a lastimar a nadie, solo les voy a hacer pagar mu-si-cal-men-te», dice, alargando las sílabas. Cada tanto usa patois jamaiquino; por momentos adquiere una cadencia rítmica como una prédica que recuerda las enseñanzas rastafari bajo las que vive. «Estoy enojado. Quiero hacer daño a alguna gente. Pero cuando lastiman a alguien, les digo: ‘La presión te va a llegar'», dice, citando uno de sus hits más duraderos, «Pressure Drop» que, como muchas canciones de Toots, habla del karma y la venganza. «Ahí digo que si alguien te hizo daño, la presión les va a llegar. Hacés algo mal, y te cae un coco en la cabeza: eso es la presión. Tenés que pensar: ‘¿Por qué me cayó ese coco?'».

«Son sentimientos naturales», sigue. «Cosas que me pasan. Así compongo yo. Por eso la gente se identifica. El Señor es bueno, el Señor es genial, ¡pero me están jodiendo!».

 

En una reciente mañana de invierno, Toots se mete en el asiento trasero del Corolla plateado de Courtney para ir a una zona rural en las afueras de Kingston. En un pueblo llamado Portmore, paramos en un bar que es apenas una base de cemento con tres paredes pintadas con naranja, y un mostrador de madera contrachapada doblada. Toots dice que es demasiado temprano para tomar cerveza, así que pide ron: un ron blanco jamaiquino Wray & Nephew, que pide en un vaso de plástico. Se tira un par de gotas en las manos secas, las frota, después choca el vaso con Courtney. «¡Fireball!», grita, y da un trago. «¡Por el buen Señor!».

«Fireball», dice Courntey con lentitud.

«Hey, ey, ey», grita Toots. «¡Mi nombre es Nyah! ¡Yo como fuego! ¡Tienen que admirarme!». Se toma el ron.

«¡Fireball!».

«¡Fuego!», grita Courtney.

No está claro por qué paramos en Portmore, ni si es una parada en el camino hacia otra parte. Pero también es difícil imaginar algo más divertido que recorrer la campiña jamaiquina con Toots un lunes a la mañana. Courtney, al volante, pone un CD donde Toots canta una versión muy fiel del clásico de Otis Redding «I’ve Been Loving you Too Long», que grabó hace poco en el Centro del Reggae. El tema repiquetea y se distorsiona a todo volumen, y Toots canta desde el asiento de atrás. La canción suena durante ocho o nueve veces seguidas; todas las veces, hacia el final, Toots se lanza a cantar las últimas frases («No puedo parar/ Por favor, no me hagan parar ahora») con un falsete glorioso y chirriante, y no parece tanto que estuviera hablando de un viejo amor, sino de la oportunidad de seguir un poco más con su carrera.

Courtney ha sido una presencia sostenida junto a Toots; casi dos metros de musculatura sólida, una lealtad feroz hacia el jefe. Cualquier cosa que necesite Toots, Courtney se la da, desde seguridad en el escenario (tras el incidente de la botella, Courtney se para cerca de Toots durante todos los shows, los brazos cruzados, los ojos fijos en el público) hasta construir muebles para el estudio o acompañar a Toots en sus paseos por bares de los hoteles de Kingston, saltando muchas veces al escenario para cantar un par de temas. «Nunca se sabe lo que va a pasar, es de un momento a otro», dice Courtney, solemne. «Hay que estar siempre listo».

Le pregunto a Courtney si el alcohol le impide hacer sus tareas. «Yo sigo al jefe», dice. «Hago lo que diga. Siempre fue así y siempre será así».

Toots, que estaba coqueteando con la escéptica dueña del bar, se suma: «Todos tomamos y todos trabajamos. Siempre trabajamos. ¡En nuestras mentes!».

Toots es una montaña rusa de estados de ánimo. Es alegre e impredecible, y es un placer estar con él, pero cada tanto desconcierta y se mueve por la vida regido por una lógica extraña, invisible incluso para su gente cercana. Las grandes cantidades de porro contribuyen a esta confusión. En el mundo de Toots el tiempo carece de sentido: si tenés una reunión a las 6 de la tarde, quizás él puede aparecer a las 4:30, pero también puede hacerlo a las 11 de la noche. En público se mueve como un superhéroe del reggae, con un conjunto deportivo de Polo o Hugo Boss y un gorro rastafari, la barba recién cortada; se ríe, grita, baila, boxea en el aire, sostiene bebés, y ofrece saludos «inalámbricos» a amigos y extraños. (Toots les tiene fobia a los gérmenes y no le gusta tocarle la mano a la gente, algo profético para estos tiempos). Hasta ahora, Jamaica apenas tuvo casos de coronavirus, pero Toots, como todos los artistas, debió posponer casi todas las fechas de este año hasta el 2021. En privado, es más pensativo: se preocupa, urde teorías, piensa todo dos veces, reinterpreta acontecimientos. Su razonamiento parece a veces gobernado por corrientes emocionales más que por los hechos; por eso sus historias no siempre tienen sentido, y el significado cambia según cómo se sienta.

Esto es especialmente cierto cuando hace una entrevista. Se ríe con timidez, se desvía con frecuencia, no se acuerda, y cambia de tema. Parece incomodarlo que le pidan que describa su vida con algo de sentido. Aunque está orgulloso de sus logros (muchas veces te recuerda que inventó la palabra «reggae», lo cual probablemente sea cierto, en el título de su canción de 1968 «Do the Reggay»), también es en extremo humilde, enfocándose en el trabajo que le queda por hacer. «Cuando la gente dice que soy genial», dice, «yo les digo que no soy genial, pero que algún día voy a tratar de serlo».

Hoy en el auto, el viejo celular de Toots suena sin parar: intercede en una pelea familiar, da una entrevista por la radio, chequea cómo está su hermana mayor Icilene (la única de sus 14 hermanos y hermanas que sigue viva), y le pregunta a un amigo por dos cabras que piensa asar para una fiesta. En medio de todo esto, le ladra direcciones a Courtney, quien en un momento me doy cuenta que lleva horas dando vueltas en la misma zona rural.

Esa tarde, luego de una siesta y un par de horas en el estudio, Toots se aparece en el Hotel Terra Nova, uno de sus lugares preferidos, con aspecto fresco, con un traje deportivo rojo y negro. Anuncia que va a empezar una dudosa dieta de cinco días que consiste en «galletitas y jugo de fruta», pero cuando llega la camarera, se pide calamares fritos, sin sal.

«No estoy enfermo», le dice, «¡pero quiero estar saludable!».

«El calamar frito no es saludable», le dice ella, y lo convence de pedir calamares al vapor con brócoli.

Admite que siente mucha presión de volver a lanzar su carrera, en un momento en el que preferiría bajar la velocidad, y que siente la responsabilidad de sostener a su familia, que incluye a su esposa de 39 años, Miss D, siete hijos (una octava falleció), junto con nietos, sobrinos, y otros miembros que adoptó informalmente y cuida desde hace años.

«Es difícil, yo lo intento, me esfuerzo», dice, hablando con un staccato, trabajando tanto en el ritmo como en el significado de las palabras. «Trabajo mucho. No me da miedo el trabajo. Pero me estoy quedando sin tiempo, y lo siento. No quiero trabajar mucho ahora. Pero se viene, rápido. Los buenos tiempos van y llegan otros, una y otra vez. Tengo que trabajar, me mantiene joven. La gente me mira, de noche, de día, cada minuto, cada hora, esperan que los cuide, y yo necesito hacerlo. Necesito ser el líder, que los demás me sigan».

«Esta es mi última oportunidad, man», agrega tranquilo. «Tengo que hacerlo ahora. Cada día estoy más viejo. Pero tengo fuerza todavía, así que el tiempo es ahora».

Otra mañana, nos subimos al Corolla de Courtney para visitar a Icilene, la hermana de Toots, quien todavía vive en la sencilla cabaña donde crecieron Toots y sus hermanos en la zona agraria de May Pen, a 55 kilómetros (y un mundo) de distancia de Kingston.

Icilene, cuyo apodo es Birdy, no se siente bien, así que Toots quiere traerle un jugo de noni, una hierba jamaiquina sanadora derivada de la fruta noni que huele a queso y sabe horrible, pero se usa para aliviar dolores e infecciones. Él la visita seguido, en general de noche o bien temprano a la mañana, pero hoy está reacio a hacerlo. «No puedo ir hoy», dice. «La gente se me tira encima. Soy muy famoso ahí. ¡Soy famoso en toda la isla, en todo el mundo! Cuando sos famoso, tenés que darle a la gente mucha motivación. Es como ser primer ministro. Incluso si me apareciera con 100.000 dólares jamaiquinos, no sería suficiente».

A cada lugar al que vamos, Toots da algo. Una tarde alrededor de navidad, dimos unas vueltas en su Lexus negro, y él distribuyó pequeños manojos de billetes a empleados en estaciones de servicio, camareros, personal de los hoteles, a cualquiera que él creyera que lo necesitaba. Es una práctica normal. «A veces mi trabajo, cuando salgo con él, es dar. Damos vueltas y damos plata, comida, remedios», dice Courtney. «¡Todos los días! ¡Todo el tiempo! ¡Dios mío! Cuando suena el teléfono, siempre es alguien que quiere algo. Y él siempre los ayuda. Es Fireball», dice con un chasquido de dedos. «Él lo dio todo».

A Toots siempre lo motivó la generosidad. En la escuela May Pen Primary, les daba su almuerzo a niños que no tenían nada para comer. «La primera vez que lo hice, mi papá me pegó, porque volví a casa con hambre. Me dijo: ‘¿Dónde está tu dinero del almuerzo?'». Toots imita a un niño que llora. «‘Lo regalé, Papá’. ‘¿Por qué?’. ‘Porque las bocas de esos chicos estaban hambrientas’. Mi papá no me volvió a pegar. Me dijo: ‘OK, te voy a dar más así podés regalar'».

Los padres de Toots eran predicadores en una estricta Iglesia Adventista del Séptimo Día (su madre además era enfermera y partera), donde él, junto con sus hermanos y hermanas, cantaban después de la escuela. «Todo el mundo me quería», recuerda Toots. «Aprendí que los buenos modales son la base del respeto. Ahora se lo enseño a mis nietos. No es bueno tener demasiada ira. Si querés sentir un ansia, que sea ansia de hacer el bien, no de hacer el mal. Es así, ¡yo siento deseos de hacer el bien!».

 

Toots en su casa de Kingston, Jamaica, diciembre de 2019
Toots en su casa de Kingston, Jamaica, diciembre de 2019 Crédito: Wayne Lawrence

 

Empieza a gritar, y después a cantar. «Hey-ey-ey-ey ey-ey-yeeee. Lo decidí, quiero hacer el bien todo el tiempo, todo el tiempo me enorgullece caminar por esa línea. Cuando era chico, mis padres decían: ‘Toots, un hombre debe hacer todo el tiempo el bien’. Todo el tiempo, todo el tiempo. yay ey-ey-ey yeeee».

El padre de Toots era un propietario local con diferentes negocios: Toots señala la panadería Butter Nut, donde aprendió a hornear pan cuando era chico y el puesto de frutas que operaban sus padres. «Mi papá era muy trabajador y también le gustaba beber», dice Toots. «Era muy fuerte. Cuando te daba la mano, te quemaba».

Pasamos por la iglesia donde predicaban sus padres, y que Toots dice que le gustaría comprarla y renovarla. «No podía bailar, porque me crié en esta iglesia», dice riéndose, «pero cuando era grande y fui a Kingston y vi lo que pasaba, empecé a ver a James Brown, Wilson Pickett. ¡Ahí me empecé a mover!».

Paramos el auto en un campo en Western Park, un pasto amarronado lleno de basura. «Yo correteaba por acá todo el tiempo, era hermoso», recuerda. «Estaba limpio, llovía todos los días. Ya no llueve todos los días».

Toots se crió en la ladera del distrito Treadlight, donde es propietario de una tierras sobre Hibbert Boulevard, bautizado en honor a su padre. La familia extendida de Toots ocupa unas cabinas con techo de lata junto a la ruta, y los padres están enterrados detrás de la casa de Birdy en la cima de la colina. «Mi papá es dueño de casi todo esto», dice. «Este soy yo de verdad».

La mamá de Toots murió cuando él tenía ocho, y el papá cuando tenía 11; le pregunto si fue difícil perder a los padres siendo tan chico. «Sí, man», dice. «Pero mi papá era viejo cuando se murió. Tenía 114».

Le señalo que esto significa que su papá tenía 103 cuando él nació. «Sí, man», afirma, como si fuera lo más natural del mundo. (En la misma conversación, dijo que su padre nació en 1906, con lo cual tendría que haber tenido 47 cuando se murió).

Cuando llegamos a la casa de Birdy, Toots insiste que yo vaya solo a darle el jugo de noni mientras él espera en el auto. «Decile que se cuide y que quiero que se tome esto, y decile que no lo ponga en la heladera, y decile que la amo. Mi hermana… Decile que no lo ponga en la heladera».

Birdy me saluda con calidez, agarrándome de la mano mientras, sentados en su porche, hablamos de su vida y de su hermano. Explica que es consciente de lo grande que es Toots, pero que, como sigue de manera estricta su religión Pentecostés, no puede escuchar los mensajes seculares e inspirados en el Rastafari del reggae, así que nunca escuchó la música de Toots ni lo vio tocar en vivo. «Amo a mi hermano», dice Birdy. «Siempre dijo que sería un profeta».

Le pregunto por esto a Toots. «Sí, siempre», dice. «No sé cómo se me ocurrió que sería un profeta. Fue el espíritu del Señor, moviéndose dentro de mí de maneras misteriosas, algo adentro mío. Para ser profeta tenés creer en vos mismo, creer en Dios, creer en lo que hacés. Tomate tu tiempo, no intentes llamar la atención. Un profeta puede ser alguien muy espiritual o un vidente, pero si le decís algo a alguien y después no es verdad, no te van a creer más. Yo siempre trato de decir la verdad».

Cuando Toots era adolescente, cambió May Pen por Kingston, donde se quedaba con su hermano mayor John, quien vivía en el ghetto de Trenchtown y trabajaba de cocinero. (John sentía un cariño especial por su hermano menor, y lo apodó «Little Toots» cuando era bebé). «No había autopistas», dice Toots. «Eran solo rutas llenas de agujeros enormes, y el camión paraba ahí, con las gomas todas desinfladas. Bien de campo. La gente andaba a caballo o en burro, y así iba a la ciudad».

El viaje era de apenas unas horas en la parte de atrás de un camión, pero Toots nunca había salido de May Pen, y se bajó antes, en una ciudad manufacturera llamada Spanish Town. «Pensé que había llegado a Kingston, así que ¡me bajé del camión! Volví a casa y les expliqué, y me dijeron: ‘No, ¡eso no parece para nada Kingston!’. Así que tuve que volver a intentarlo. Y la segunda vez llegué. Me di cuenta de inmediato de que Kingston es un lugar muy especial. Era muy lindo en ese entonces, sin tantas cuevas, sin basura, todo limpio. Era una ciudad extraña, donde podías encontrar casi cualquier cosa».

Toots consiguió trabajo en una peluquería, y cantaba mientras cortaba el pelo, en general canciones de la Biblia. Desde el principio, fue evidente que había algo especial en el quejido granuloso y expresivo de Toots, una mezcla de soul y country que se le había pegado escuchando radios estadounidenses y la música religiosa de su infancia. «Mi estilo es diferente de cualquiera de esa época. Decían que mi estilo era country & western y al principio no les gustaba. Pero les encantaba mi onda, y la gente me decía: ‘Man, algún día vas a ser un gran cantante'».

En 1962, Jamaica se independizó del Reino Unido y Kingston estaba repleta de orgullo y esperanza. Y también de música. Los chicos del campo como Toots inundaron la ciudad en busca de trabajo, y los barrios más carenciados como Trenchtown se volvieron semilleros de sonidos nuevos (desde el ska hasta el rock steady, y después el reggae) que mezclaban gospel, soul, y mento jamaiquino tradicional con espiritualidad rastafari.

«Muchos grandes cantantes llegaron del campo a la ciudad en esos años», dice Toots. «Antes de eso, nunca había visto tanto entusiasmo; había una esperanza por el futuro. Eso creíamos. No fue exactamente así: no funcionó para los pobres. Funcionó mejor para los ricos».

Toots armó un grupo con dos chicos de Trenchtown, Jerry Matthius y Raleigh Gordon, que lo habían escuchado cantar en la peluquería. Se pusieron Maytals y empezaron a cantar en el estilo del ska acelerado a tres voces. «¡Éramos malos, man!», recuerda Toots. «Armonías completas. La gente empezó a escucharme y decir: ‘¿Qué? Nunca escuché una voz así'».

Toots hizo un casting para el mayor productor de Kingston, Coxsone Dodd, en su célebre Studio One. «Coxsone me dijo: ‘Tu voz es rara, es diferente, volvé en un par de semanas’. ¡Obvio que volví con la misma voz! Me dijo que volviera otro día y así lo hice. A las seis semanas, me dice: ‘Bueno, ¿tenés alguna canción?'».

Ese día, Toots grabó ocho temas, según recuerda, entre ellos una canción rudimentaria de ska, «Hello Honey» (una frase que sigue usando cuando conoce mujeres). «Por esa canción, Coxsone me dio una hamburguesa», dice Toots. «Yo tenía hambre y me encantan las hamburguesas, así que eso fue lo que me pagaron por mi primer tema». (El primer lanzamiento oficial de Toots, «Hallelujah», de 1962, probablemente también fuera grabado ese día, pero cuando lo editaron internacionalmente, se lo acreditaron a los Vikings, y él no recibió reconocimiento por la canción hasta muchos años después).

Muchas de sus primeras canciones eran reescrituras de enseñanzas de la Biblia, pero luego Toots se topó con la manera de componer desde su propia perspectiva. «Me di cuenta de que era como escribirle una carta a una chica. ¡Tiene que sonar como si lo dijeras de verdad! Yo llenaba cuadernos, como si fueran cartas de amor. Tengo un talento de Dios que es que puedo componer una canción sobre vos antes de ponerla por escrito».

La primera racha de éxitos de los Maytals con Studio One, incluyendo su primer hit en la isla, «Fever», de 1963, y la maravillosa «Six and Seven Books of Moses», son crudos y estimulantes, con prolijas armonizaciones vocales, y el acompañamiento de los Skatalikes, el grupo de Dodd entrenado en el jazz. A mediados de los sesenta, los Maytals eran el grupo top de Jamaica y Bob Marley and the Wailers venían después. «Conocí a Bob [Marley] en Orange Street», dice Toots. «Lee Perry, Bunny Wailer, Peter Tosh, Jimmy Cliff, Ken Boothe, todos eran amigos, y buena gente. Era competitivo, pero amistoso, una época dorada».

Ziggy Marley, quien considera a Toots una «figura paterna» y aparece en una versión de «Three Little Birds», el tema de su padre, en el nuevo disco de Toots, recuerda que Bob y Toots pasaron un tiempo juntos en los setenta en la casa de Marley en 56 Hope Road. «Era como una comunidad», dice Ziggy. «Eran todos grandes artistas interactuando con camaradería. Como un equipo de fútbol. Se respetaban», dice. «Habían sido educados de una forma que no te puede dar el sistema educativo. Venían del campo, y se habían criado en la naturaleza, con espiritualidad, con ética».

«Bob y yo fuimos amigos mucho tiempo», dice Toots, tranquilo. «La mayoría de la gente no sabe cuán amigos éramos. No pasábamos mucho tiempo juntos, pero cuando nos veíamos, era importante. Hablábamos mucho, compartíamos ideas sobre muchas cosas. Pensábamos y planificábamos, porque veíamos que la música se estaba volviendo muy grande, más grande que nosotros, grande como el mundo».

En 1966, los Maytals ganaron el primer concurso de canciones del Jamaican Independence Festival (que volvieron a ganar en 1969 y 1972, y Toots es, este año, una vez más finalista) con «Bam Bam», la canción revelación de Toots. El tema, que al año siguiente Sister Nancy transformó en un gran éxito, es una declaración maravillosa de claridad moral, un paso más allá de las canciones de amor con influencia de Motown y los instrumentales que la mayoría de artistas de ska y rock steady componía en esa época:

Quiero que sepas que soy el hombre

Que pelea por lo que está bien, no mal

Voy hacia allá, crezco hacia allá

Ayudo a los débiles contra los poderosos

Pronto verás al hombre

Que yo debo ser

Poco tiempo después de ganar el festival, Toots y los Maytals estaban volviendo a casa de un concierto en Ocho Ríos, en la costa del norte de Jamaica, cuando la policía los detuvo y los llevó a la comisaría. Toots, apurado para resolver la situación, dejó su bolsa y volvió a Kingston para buscar al manager de los Maytals. Cuando volvió, el oficial había revisado su bolsa, e informó a Toots que había encontrado marihuana. «Me dijo que había encontrado hierba, y me dijo: ‘¡Te voy a encerrar a vos también!’. Y ese fue el ‘bam bam'».

Toots dice que jamás había fumado marihuana hasta entonces, e insiste al día de hoy que se la plantaron, probablemente un manager que quería que otro artista despegara. Se pasó un año en una cárcel de baja seguridad llamada Richmond Farm, donde se le permitía tocar la guitarra y comer comidas caseras. Pero el encierro lo obligó a cancelar su primera gira internacional, que sería en Inglaterra, y comenzaría apenas dos semanas después, lo cual le ocasionó un problema en un momento clave de su carrera.

«Trataban de detenerme, evitar que despegara mi carrera», dice. «Fue político. No puedo decir más».

Cincuenta y cuatro años después, todavía le duele la injusticia. «Estaba enojado», dice Toots. «Sigo enojado». La traición lo volvió desconfiado, algo que persiste hasta hoy, cuando aún mantiene un círculo cercano muy reducido, quizás perdiéndose de oportunidades.

«Mucha gente dice que me puede ayudar», dice Toots, «pero después nos roba. No sabemos cómo operar en este negocio, y muchas veces confiamos en gente que no deberíamos. Una vez un manager se me acercó, parecía profesional, le encantaba mi música. Y me dijo que no me estaban pagando lo que merecía por mis canciones, y que firmara esto, y me dio un papel en blanco. ‘Si firmás esto, me das el derecho de recaudar la plata para vos’. Nunca más lo vi. Es difícil trabajar así. Yo pienso en la música, no en el dinero».

Si algo bueno salió de su tiempo en la cárcel, fue una canción: «54-46, That’s My Number», su clásico, como «Folsom Prison Blues», de Johnny Cash, o «Mama Tried», de Merle Haggard, donde apenas ficcionaliza la experiencia de Toots, creando un himno sublime de tres minutos contra la injusticia, uno de los temas de reggae más estimulantes de la historia, y su primer éxito internacional.

La canción disparó la carrera de Toots, y a principios de los setenta, se transformó en una de las exportaciones musicales más importantes de Jamaica. (Toots sigue siendo un importante embajador de la isla: su música muchas veces recibe a los turistas en un loop continuo en la terminal de llegadas del aeropuerto Norman Manley. «¿A quién le están pagando por eso?», dice. «A mí no.»).

El verdadero despegue de Toots fue en 1973, con el clásico Funky Kingston, co-producido por Chris Blackwell, el jefe de Island Records que también co-produjo Catch a Fire, la explosión de Marley del mismo año. Blackwell dice que conoció a Toots a finales de los 60, mientras el cantante grababa con el productor Leslie Kong en el estudio. Blackwell había escuchado una canción llamada «Funky Nassau», y le dio la idea a Toots de hacer un tema sobre su propia ciudad. «Le dije a Toots que tenía que darnos un éxito sobre Kingston, y así fue», dice Blackwell, quien convocó a Steve Winwood para que tocara el órgano. «Cuando Toots cantaba, lo daba todo. Es puro, totalmente honesto».

El crítico Lester Bangs dijo que Funky Kingston era «la perfección, el conjunto de canciones más estimulante y diverso de parte de un artista de reggae que haya aparecido hasta ahora», y Rolling Stone, informando desde la parada en San Francisco en la primera gira de Toots en Estados Unidos, dijo que era «la esperada aparición detrás de la niebla de una leyenda».

«Jamás había escuchado algo así antes», dice Bonnie Raitt quien, como muchos fans, descubrió a Toots en sus versiones increíbles de «Sweet and Dandy» y «Pressure Drop» en The Harder They Come, la película de culto de 1972. «Esto era mucho tiempo antes de la Internet, así que había que buscar estas cosas en tiendas especializadas con discos de reggae de 45 y compilados».

«Los músicos lo adoraban y ponían su música todo el tiempo», dice Raitt. «Creo que los Stones y otros grupos ingleses tienen mucho que ver con la popularidad de Toots y Bob Marley. Cuando los ves y los escuchás, te das cuenta: el magnetismo y el poder de los artistas que salieron de esa pequeña isla impactó a la música de todo el mundo».

«Como cantante, me parece maravilloso», agrega Keith Richards, que conoce a Toots desde los setenta y grabó «Careless Ethiopians» con él en el disco de duetos de Toots de 2004, True Love, donde también aparecen Raitt, Eric Clapton, Willie Nelson y Jeff Beck. «Su voz me recuerda al timbre de Otis Redding. Cuando lo escuchás hacer ‘Pain in My Heart’ el parecido es extraño. Creo que él lo sabe. Él sabe la contribución que hizo, por eso sigue tocando. Cada vez que me llama Toots, voy corriendo».

Cuando Raitt conoció a Toots, en los setenta, en un camarín después de un recital en Cambridge, ella recuerda que «él estaba literalmente oculto tras una pantalla de humo tirado en un sofá. Después se paró, como un fantasma. Era fantástico porque era muy místico». Años después, cuando hicieron un dueto en «True Love Is Hard to Find», el tema destacado del disco de 2004, ella dice: «¡Estaba envuelto en la misma nube de humo! No lo podía ver. La energía de ese tipo me vuela la cabeza, su talento vocal, el hecho mismo de que pueda cantar así, porque fuma mucha hierba. Quizás eso tenga algo que ver».

«Es una persona de una importancia histórica», sigue Raitt, «como Elvis, o B. B. King, y es muy agraciado, accesible. Ojalá su vida fuera más fácil, que su trabajo estuviera mejor remunerado. Alguien que trabajó tanto como él, con una posición de tanta estima cultural durante tanto tiempo, debería ser, no sé, millonario, viviendo en donde quisiera, con un avión privado».

Un par de días antes de navidad, Toots está sentado en una banqueta en el Centro del Reggae, escuchando las últimas pistas de Got to Be Tough, su primer lanzamiento en más de una década. El disco casi se cae antes de empezar, debido a problemas contractuales. Finalmente, dos días antes de que Starkey tuviera que irse a L.A. a seguir con su otro trabajo de baterista de The Who, Toots apareció en el estudio de Ocho Ríos y grabó 10 temas en dos sesiones maníacas, de toda la noche, animadas por el ron. «Fue difícil, me hizo envejecer, pero es lo mejor en lo que yo haya trabajado», dice Starkey. «Cuando pudimos empezar, despegó. Estábamos sentados en el sofá, con el amplificador hacia nosotros. Sonaba muy fuerte, a Toots le encantaba. Cantaba las líneas de guitarra y después las hacíamos rápido, grabándolas una tras otra».

El primer disco de Toots en diez años tiene un espíritu similar al de American Recordings, una declaración de resistencia que es rara para un artista que está en la sexta década de su carrera. Hoy, Toots escucha las canciones a todo volumen en los monitores con los ojos cerrados, resuelto, totalmente quieto, es difícil saber si le gusta lo que escucha.

Tras un par de canciones, dice que está cansado y sale al jardín. «Estoy orgulloso de lo que hice y del amor que di», dice. «Pero es cada vez más difícil dar el amor que necesita la gente, y ahora lo necesitan más que nunca. No hay tiempo que perder».

Dice que esta mañana se despertó contento, tomó algo de jugo de acedera que le hizo la esposa, después fue al gimnasio donde bailó y boxeó con un entrenador. Cuando volvía a casa, las cosas empezaron a empeorar; el teléfono comenzó a sonar y así arrancaron las frustraciones cotidianas con agentes, managers, abogados y publicistas, todo para mantener viva la máquina de Toots.

Los mangos aún no están maduros, pero hay pequeños ajíes que crecieron en un arbusto abajo del árbol. Agarra dos, y me sugiere que me meta uno en la boca y lo trague sin masticarlo. «Te va a levantar el ánimo, es bueno para la circulación», dice. Él se come el suyo primero, pero lo mastica antes de tragarlo, y le agarra un ataque de tos que lo hace transpirar y tener que tomar agua.

Durante la cena en Jojo’s, un escondite en el centro de Nueva Kingston donde Asedenaji, el hijo de Bunny Wailer, está pasando temas desconocidos de reggae, Toots vuelve a aludir a las fuerzas anónimas que llevaron a su arresto en 1966. Se acerca un poco más a una explicación. «Yo iba demasiado rápido, había tenido muchos temas que llegaron al Número Uno, acababa de salir del campo y la gente me tenía envidia, man. Querían poner a otro en mi lugar. Cuando salí, nunca hablé del tema».

Hay algunos «secretos que deben ser revelados», sigue, pero después se arrepiente. «Demasiado peligroso, man», dice.

Como es habitual, Toots tiene muchas cosas en la cabeza. «Es hora de alejarse de estas computadoras», dice. «Estas máquinas te arruinan el espíritu. Uno les permite que le digan cosas y no debería ser así, porque no se aprende, no retenés las cosas. Lo perdés todo en la máquina, y después todo lo que sabés no está adentro de vos, sino afuera. Todo el mundo cree en la computadora. Si querés saber algo, decís: ‘¿Dónde está mi teléfono? ¡El teléfono sabe!’. Pero, ¿y lo que sabés vos? ¿Lo que sentís vos? Eso se perdió».

Hacemos planes para ir a nadar a la playa al día siguiente, y después almorzar en Screechie, su lugar preferido de comida marítima. Cuando Toots aparece en mi hotel al mediodía, nadie dice nada de la playa. Está solo, lo que es raro, y parece reflexivo, suave, algo que no he visto antes en él. Frente a un bowl de «rasta pasta» (con pimientos rojos, verdes y amarillos), dice que le gustaría abrir su propio restaurante, un lugar «escondido» llamado «Restaurante Centro del Reggae», donde se pueda crear un ambiente sin interferencias exteriores. «Quiero un lugar que sea de verdad mío, donde nadie me robe, y donde la gente se pueda sentir feliz».

Está tranquilo; se reclina hacia atrás, y apoya las manos atrás de la cabeza. Se lo ve casi en paz. «Probala», sugiere. «Te va a dar una nueva forma de pensar».

Por Jason Fine – Desde Rolling Stone USA

Blink-182

los pesos pesados ​​del rock de California, estrenan su nuevo video y canción “Quarantine”.

Blink-182, los pesos pesados ​​del rock de California, estrenan su nuevo video y canción “Quarantine”.Blink-182 ha lanzado “Quarantine”, canción relevante y oportuna presenta tambores fuertes y guitarras asesinas combinadas con voces angustiadas para enfatizar lo duro que nos ha golpeado este tiempo pasado en aislamiento y distanciamiento social.

Junto a la canción viene un video musical que mezcla la letra y el metraje en bruto de la banda filmado en iPhones.

“Esta canción trata sobre la tristeza, la confusión, la ira y la frustración que todos estamos experimentando en este momento. Espero que todos estén a salvo y que podamos superar esto muy pronto. No puedo esperar a verlos a todos del otro lado «, dice Mark Hoppus. 

Travis Barker agrega: “La canción se inspiró en la cuarentena y la música punk rock que nos encanta tocar desde el primer día. Toda la batería es una toma e incluso canté algunas voces de respaldo. Mark suena más cabreado de lo que jamás lo había escuchado, y realmente me gusta »  

Junto a la nueva canción, Blink-182 también obtuvo dos nominaciones a los MTV VMA por «Mejor Rock» y «Mejor video musical desde casa» por su montaje impulsado por fanáticos de su canción «Happy Days». 

A continuación mirá el video de “Quarantine”: 

FUENTE: WWW.CMTV.COM.AR

Así es “Soldaditos”, el nuevo video de Attaque 77.

Así es “Soldaditos”, el nuevo video de Attaque 77.
Attaque 77 presenta su nuevo video “Soldaditos”, perteneciente a su último álbum de estudio “Triangulo de Fuerza”, que se encuentra disponible en todas las plataformas digitales.

“Soldaditos es una reflexión en soledad. Casi una plegaria que en épocas de aislamiento social obligatorio se vio resignificada en este vídeo, hecho con la tecnología que tenemos a mano y que quedará como testimonio de estos tiempos en que intentamos mantenernos activos y conectados de algún modo…”, sostienen los artistas.

Tal como se menciona anteriormente, el videoclip fue filmado en plena cuarentena con los recursos tecnológicos que los artistas tenían a mano. La dirección estuvo a cargo del mismo Mariano Martinez.

A continuación mirá el video de “Soldaditos”:

 

Letra:
Encerrado con mi soledad
me pregunto, ¿Qué es la libertad?
una forma de ser o de proceder
todo por ganarla, nada que perder
Seguir leyendo…

 

FUENTE: WWW.CMTV.COM.AR

Sergio Nacif Cabrera

de componer con Homero Expósito a «Basura», el hit de Los Romeos que lo cambió todo
Sergio Nacif Cabrera: de componer con Homero Expósito a "Basura", el hit de Los Romeos que lo cambió todo
Sergio Nacif Cabrera: de componer con Homero Expósito a «Basura», el hit de Los Romeos que lo cambió todo Crédito: Natalia Salese
Antes de formar Los Romeos y grabar su megahit «Basura», antes incluso de integrar Alphonso S’Entrega y darle al mundo «Barrio chino», Sergio Nacif Cabrera se colgó una medalla que muy pocos tienen: coescribió una canción con Homero Expósito, el autor de «Naranjo en flor».

A los diez años, asistido por su mamá, Sergio sacó en la guitarra «Zamba del indio muerto» de Los Fronterizos, pero los covers no eran lo suyo: poco después ya se animaba a componer. Un día su padre, cirujano, médico de SADAIC, le comentó a Expósito que el nene hacía canciones, y el poeta pidió conocerlo. «Nos fuimos a un estudio que tenía Homero, donde estaba lleno de tangueros viejos. Me hizo tocar mis temas frente a todos esos», dice. A Expósito le gustó lo que escuchó y lo invitó a una especie de taller de composición que daba. Sergio fue, y un día llevó estos versos:

«Caminando sin cesar / bajo la luna van ellos / entre truenos y destellos / buscando la libertad / para ellos no hay edad / ni época en que la encuentren…».

Todo lindo, pero faltaba un remate. El maestro escuchó, hizo un silencio y sentenció: «Porque es preciso crear / las cosas que más se sienten». «Yo me quedé alucinado», recuerda.

Sergio Nacif Cabrera (Izq) y Homero Expósito (de lentes), en 1976
Sergio Nacif Cabrera (Izq) y Homero Expósito (de lentes), en 1976

Queda claro que a Sergio la música lo recibió con los brazos abiertos: no sólo colaboró con uno de los letristas más célebres de todos los tiempos cuando era un adolescente, sino que además su primera banda escolar era lo que se conoce como un supergrupo: un trío nada menos que con Ariel Rot en el bajo y Mario Breuer [productor e ingeniero de sonido de Sumo, Charly, Calamaro, Los Redondos y un larguísimo etcétera] en la batería. De ahí a Los Argies, con quienes empezó a respirar la efervescencia del fin de la dictadura y la vuelta de la democracia en el mítico Café Einstein.

«No sólo se tocaba, medio que se vivía en el Einstein: estábamos de tarde, de noche, comíamos, ensayábamos. Pasaba en el Einstein y en el Zero Bar, los dos boliches más representativos», recuerda. Parte del elenco estable del local de Omar Chabán y Sergio Ainsenstein era Alphonso S’Entrega, la banda que lideraba Daniel Morano, por entonces ideólogo del programa El tren fantasma de Radio Rivadavia y muchos años después productor de Peter Capusotto y sus videos. «A ellos se les había ido un guitarrista. Me llamaron para tocar porque les gustaba que tuviera la canción ‘Barrio chino’. Yo estaba encantado: para mí era tocar con los Beatles», dice.

 

Alphonso S’Entrega era una banda de ska y reggae (géneros ignotos en la Argentina que ellos conocían gracias a los discos que el cantante traía de Inglaterra para su programa) que no sufría el under: lo militaba. «Era la filosofía de Morano: no querer meterse mucho dentro del sistema. Tener algo de rebeldía, y eso lo hacía más místico al grupo», dice Sergio.

Sin embargo «Barrio chino» lo cambió todo cuando salió como simple (con la misma canción en las dos caras del vinilo: uno de los pocos casos registrados) en el 86 y se metió en la alta rotación de todas las radios del país. «En ese momento empezamos a trabajar y a generar algún mango. Ya había entrado Rinaldo Rafanelli [ex Sui Generis, Polifemo y Color Humano] en el bajo, que era un músico profesional. Nosotros recién empezábamos a ser profesionales, y para eso tenés que generar para vivir de lo que estás haciendo, y ser un militante del under no paga las cuentas», dice.

Los Romeos o «el sueño del pibe»
Nacif Cabrera en la época de Alphonso S`Entrega
Nacif Cabrera en la época de Alphonso S`Entrega

Después del primer disco homónimo con Interdisc (que sacó el long play unos ocho meses después de que pegara el single porque -inflación mediante- no se conseguía vinilo para fabricar), se cambiaron a CBS, que ofreció una alternativa más que viable para pagar las benditas cuentas que el under dejaba impagas: la recordada gira de cierre de campaña presidencial de Eduardo Angeloz: «Fue todo el ambiente rockero: Spinetta, La Torre, Man Ray… y Morano dijo ‘nosotros con cuestiones políticas no nos metemos’. Se lo dijo a la compañía que había puesto bastante plata en hacer el disco nuestro, y entonces dijeron ‘con Alphonso no se puede, dejalo ahí'».

Desairado por la oportunidad desaprovechada, Rino Rafanelli se bajó del barco. El saxofonista Marcelo Pelater, en tanto, cayó preso. Al segundo disco El paso (1988) no le fue nada bien, y Alphonso S’Entrega se fue diluyendo, entre la diáspora y el desgano. En aquellos ensayos lánguidos del final, Sergio solía quedarse después de hora con el tecladista recién entrado: Pablo Sbaraglia, que por entonces tenía 18 años y hoy es uno de los Fundamentalistas del Aire Acondicionado del Indio Solari. «Me hice amigote y en un momento, como Alphonso no estaba tocando, se nos ocurrió juntarnos. Al principio no era una banda, era un dúo, y empezamos a hacer canciones. De todas esas, un día estábamos sentados en un boliche y me dice ‘vino una chica de Costa Rica que toca el saxo, ¿por qué no vamos a casa y grabamos un demo?'», cuenta Sergio. Aquella maqueta improvisada era «Basura».

 

 

De espíritu retro cincuentoso, «Basura» fue el caballito de batalla de Los Romeos, la banda que finalmente formaron Sergio, Pablo y el nuevamente libre Marcelo Pelater. Se hicieron un nombre tocando en pubs de Plaza Serrano mientras esperaban que el demo prospere, cosa que pasó cuando Bobby Flores lo rescató de una pila de cassettes, lo escuchó en su auto y -fascinado- lo pasó en su programa en Rock & Pop. «Esto es un hit de acá a la China. Me hace acordar a Alphonso S’Entrega», dijo Flores, sin saber de quiénes se trataba pero con oído quirúrgico.

Poco después grabaron el debut autotitulado, que además de «Basura» tenía «Sin meditar», otra canción que rotó profusamente. Y entonces sus vidas cambiaron.

«‘Basura’ fue un cohete a la Luna: pasamos de tocar en pubs a hacer un Obras con Simply Red en un mes», dice Sergio. En tiempo récord firmaron contrato con Telefe, que los hacía tocar en Ritmo de la noche, con Marcelo Tinelli, en Jugate conmigo, con Cris Morena, en cada rincón de la programación donde se necesitara a la banda del momento. Se fueron de gira por Tucumán, Rosario y Córdoba como teloneros de Duran Duran (y se perdieron el Vélez porque la lluvia obligó a cancelar las presentaciones de los soportes). «Vivíamos en un pedo, el sueño del pibe», cuenta.

 

 

Dentro de aquella nebulosa irreal también estuvo abrirle los dos shows a Madonna en River en el 93. «Fue un flash total», recuerda Sergio. «Tocamos cuando ya estaba todo el estadio lleno y las luces apagadas. El artista que estaba antes, Luciano Jr, el primo de Tinelli [hoy conocido como El Tirri], hacía un rap medio extraño y le tiraron de todo. Yo pensaba ‘Dios mío, qué nos va a pasar acá’. Cuando subimos nos abrazamos como los equipos de fútbol americano, ‘a matar o morir’. El estadio al 90 por ciento, las luces, todo. Empezó a sonar la banda y la gente murió con nosotros. Mientras tocábamos, los de la Cruz Roja ya atendían a la gente atrás de la valla».

La vida después del hit

A Sergio lo anclaba a la realidad su empresa de venta de frutos secos y su trabajo en El Gato Negro, el restaurant, bar y casa de venta de especias de la avenida Corrientes. «Iba al banco a hacer un depósito y el que estaba adelante cantaba ‘Sin meditar’. El custodio le decía ‘atrás lo tenés al que la canta’. O iba a comprar un Quini 6 y el que atendía me decía ‘¿cómo el cantante de Los Romeos tiene que comprar un billete de lotería?’. Esto de ser conocido empezaba a intervenir un poco en mi vida de gente normal, y no me resultaba muy agradable», dice.

Claro que, como suele pasar en estos casos, la fama -con sus incordios y sus alegrías- entró en fade out demasiado pronto. Abrumado con la exposición repentina, Sbaraglia se fue de la banda y Sergio la remó por las suyas: «Sacamos el segundo álbum [Tirame un salvavidas, 1994] que no fue tan exitoso porque la compañía no existía más: cada uno de los grupos con los que trabajaban se tuvo que hacer por su lado, no había apoyo. Así que se hizo más difícil y nos agarró desganados». Y entonces lo que antes molestaba, ahora se añoraba: «Es un poco duro grabar y que no se vendan los discos. No me gustaba que me reconocieran, pero cuando eso se te va diluyendo lo extrañás».

 

 

Con todo, Sergio le agradece a «Basura» el haberle dado la chance de mantenerse en la música. «Yo tenía miedo de no hacer un hit porque me iba a quitar la posibilidad de grabar. Y ahora sigo grabando», dice. Con cambios en la formación, Los Romeos no pararon: Pasaporte salió en 2006 y un EP llamado Mentira! se editó en 2012. Lo último que les escuchamos fue «Quizás», un single del año pasado. Y en medio de todo eso, un proyecto electrónico llamado Electronido y el grupo efímero Revolver, en el que Sergio compartió alineación nada menos que con Oscar Moro, en lo que fue el último trabajo del ex Los Gatos, Riff y Serú Girán.

Siempre se rodeó de grandes nombres, desde aquella colaboración incidental con Homero Expósito hasta la sociedad con Moro, pasando por Ariel Rot, Rino Rafanelli, el ex batero de Polifemo Juan Rodríguez y -la frutilla del postre- Luis Alberto Spinetta. «Él venía a comprar a El Gato Negro y me hice muy amigo. Hacía unos recitales en el Teatro Astral y a la noche me ponía una sillita tras bambalinas a mí para que lo viera. Un día me invitó a comer a la casa y a zapar a un cuartito que tenía en el fondo», recuerda Sergio, y le agradece a «Barrio chino» y «Basura» por las puertas que se abrieron y nunca se cerraron: «Toqué con todos mis ídolos»

La madre del indie, los últimos días de la reina 

Rosario Bléfari

Con sus impulsos artísticos y su forma de practicar la libertad y la independencia en el rock, el cine y la literatura, Rosario Bléfari marcó a más de una generación y despertó una despedida sin precedentes. Este jueves se cumple un mes de su muerte
Con sus impulsos artísticos y su forma de practicar la libertad y la independencia en el rock, el cine y la literatura, Rosario Bléfari marcó a más de una generación y despertó una despedida sin precedentes. Este jueves se cumple un mes de su muerte Fuente: RollingStone – Crédito: Alejandro Lipszyc/ARCHIVO
‘Deudas y cuentas se me aparecen como un sueño, como si al final no importara. Toda esa preocupación eterna por el dinero que me acompañó toda mi vida parece, de pronto, perder peso y lugar. Tal vez si muero ya no importe de verdad. Se encargarán otros, del dinero que se debe, del que me deben, del que podría ganar… algo de lo que hubiera querido no tener que preocuparme nunca… o algo en lo que me hubiera gustado ser más ¿práctica o afortunada? Para algunos parece más fácil».

Es mayo de 2015, según indica la página 56 de Diarios del dinero. Así escribe Rosario Bléfari en su bitácora de vuelo sin solución cronológica. No es necesario seguir un orden, funciona como un túnel del tiempo hacia los primeros registros de la artista en ciernes o de una madre preocupada porque las cuentas no cierran, escenas de la vida detallista y también un notable ejercicio de observación poética sobre el orden cotidiano, las finanzas y la autogestión.

Rosario no alcanzó a ver la versión física de Diarios del dinero que acaba de lanzar la editorial Mansalva. Murió por culpa de un cáncer de mama el lunes 6 de julio en la capital pampeana. Allí, en Santa Rosa, vive Roberto, su padre, viudo desde hace años, a quien la actriz y compositora visitaba periódicamente. Podía viajar por un fin de semana o refugiarse por largas temporadas lejos de la neurosis porteña. Pero esta última vez, la pandemia y el aislamiento social prolongaron por varios meses el tiempo de cuidados mutuos. «Ella no hablaba mucho de su enfermedad», dice la colaboradora de RS Romina Zanellato, amiga y aliada de Rosario en proyectos compartidos como Los Cartógrafos, un adelantado experimento multidisciplinario con forma de podcast. «Te mantenía informado muy escuetamente. En un momento me animé a hacerle más preguntas y me contó que el cambio de medicamentos la había debilitado mucho, la había pasado mal, le estaban haciendo nuevos rayos para contener la situación y eso le bajaba las plaquetas, se sentía muy indefensa. Entonces decidió pasar el verano con Roberto en La Pampa».

Pasó Año Nuevo con él y se quedó unos meses más; cuando cayó la pandemia ya no podía salir de ahí. En un punto fue la decisión más acertada: tenía las defensas muy bajas y, claramente, formaba parte como su padre de la población más vulnerable. La decisión fue compartida tanto por Fabio Suárez -su pareja desde hace 32 años- como por Nina, la hija de ambos. «Estaba más protegida y se quedó allá», dice Zanellato. En la casa construida a través de un plan de viviendas sociales que Rosario ayudó a pagar, instaló un campamento de arte: inventó collages, trabajó en nuevas canciones y escribió Los diarios de la dispersiónuna serie de relatos en primera persona publicados en La Agenda de Buenos Aires.

«Quiero ver cómo hago lo que hago y si en realidad hago algo. Quiero ver cómo las ideas se transforman y a qué puerto llegan, si es que llegan. Celebré la dispersión como método a partir de cierto momento de la vida en el que me di cuenta que no estaba mal, que era una manera de hacer. Ahora quiero comprobar si es cierto o se trata de una de esas cosas que con el tiempo se van volviendo algo así como mitos personales. O puede ser también que se produzcan cambios y lo que alguna vez fue de un modo ya no lo sea» (Diarios de la dispersión, 30 de diciembre de 2019).

Al mismo tiempo en ese transcurrir suspendido que el Covid-19 instaló como un algoritmo distópico, Rosario Bléfari contuvo a sus afectos más cercanos con adorables dosis de realidad y belleza. «Voy a conocer el último misterio», le dijo a Francisco Garamona, editor de Mansalva, en una de sus últimas charlas telefónicas. «Me habló de ir hacia el último secreto, traspasar el umbral», dice Garamona, que junto a Nicolás Moguilevsky trabajaron en la edición de Diarios del dinero pactada, originalmente, para ser presentada en la Feria del Libro 2020. La pandemia trastocó todos los planes. «Son diarios en donde ella establece como un debe y un haber, toda la anécdota en cada entrada tiene que ver con un gasto o con un cobro, para afuera o para adentro, organizado un poco por el dinero. De alguna manera, habla de lo que es la vida para los artistas independientes, atentos a estas cuestiones que tienen que ver con las finanzas», dice el editor y escritor porteño. Rosario no lo tuvo en sus manos, pero sí llegó a ver las pruebas de tapa y galeras de su libro.

Tanto la escritora como la poeta, tal vez, formen los lados menos conocidas de Bléfari, a quien el novelista Alan Pauls definió como una artista multitasking. Siempre escribió, pero recién en 2001 pudo editar Poemas en prosa a través del sello y galería de arte Belleza y Felicidad. Ocho años después repitió en el mismo espacio editor con La música equivocada (2009), en donde exponía sus modos poéticos de libre pensadora dispuesta a liberar esas canciones con sonidos ausentes o aquellos textos ocultos que alcanzaron la sobrevida gracias a la poesía. En 2016 lanzó un libro de cuentos llamado Mis ejemplos y otro de poesía, Antes del río. «La escritura de Rosario Bléfari es, como su imaginación, al mismo tiempo enigmática y sencilla, y por eso tiene la capacidad de acercarnos al corazón de los acontecimientos, ese lugar al que solo los verdaderos artistas pueden llegar», dice la escritora Cecilia Pavón sobre Las reuniones (2018), otra muestra para internarse en relatos cortos sobre existencias que no conocen de epifanías.

La actriz es Silvia Prieto (1999) pero Rosario entendió todo ese asombro pop mucho antes de inmortalizar a la chica exploradora en la película de su amigo Martín Rejtman. Antes de cumplir los 18 y todavía en tiempos de dictadura, ya pisaba como público y actriz novata los contadísimos espacios del teatro under de Buenos Aires: el Bar Einstein, Cemento y El Parakultural tuvieron carácter de academias de arte visual en su formación, mientras Vivi Tellas marcó su referencia pedagógica que completó en la EMAD (Escuela Municipal de Arte Dramático). La EMAD contaba con una plantilla de profesores de excelencia como Marta Sánchez, Ricardo Bartís, Enrique Dacal, Héctor Alvarellos, Eugenio Barba y David Di Nápoli, entre otros. Entre sus compañeros se destacan los nombres de Damián Dreizik y Carlos Belloso, que luego formarían Los Melli, un genial dúo de humor freak. En el segundo año de la carrera, Rosario formó parte de los ensayos de la obra El esfuerzo del destino, dirigida por Vivi Tellas. Ocupó el rol protagónico. «En un momento se fue un actor, entonces Damián (Dreizik) y Carlos (Belloso) me ofrecieron cubrir ese lugar», dice Fabio Suárez. En ese espacio de experimentación y descubrimiento, Rosario y Fabio empezaron a trabajar juntos.

«Yo me enamoré desde el primer momento. Siempre estuve enamorado de ella desde que la vi bailar flamenco y zapatear de espaldas. Ahí me enamoré», cuenta Fabio el deslumbramiento inicial que tardó un tiempo en ser correspondido. Recién cuando Temas Lentos, un dúo pop integrado por Rosario y Whaly, y Abandonando a Juanita, la banda del futuro bajista de Suárez, se juntaron para compartir una fecha en Cemento, comenzó otra forma de relacionarse. Fabio la invitó a cantar un tema y «Rosario me asoció», dice el músico algo que en aquel momento no logró traducir. «Ahora lo veo. Ella fue así: de asociarse con gente para crear y con mucha gente se asoció y a través de muchas maneras. Entonces cuando la invité a tocar un tema ella enseguida quiso hacer un proyecto conmigo más que un tema. A partir de esa idea de tener un proyecto juntos nos empezamos a conectar sentimentalmente».

 

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«Con Melero íbamos a grabar unos temas de mi primer agrupación con Wolly Von Forester que se llamaba Temas Lentos, la última época de Catálogo Incierto. Grabamos las bases y algo más pero por una discusión sobre poesía y una obra de teatro confiscó el material. Para él habrá sido ‘muy Melero’ pero para nosotros que teníamos veinte años fue llorar en una esquina de Flores, y después de eso no tocamos más. Tiempo después hice Suárez. Prehistorias, caminos que se truncan para abrirse otros».

En su cuenta de Twitter, Rosario describe una de sus primeras frustraciones en el territorio musical. La entrada pertenece al 17 de mayo de este año y el protagonista es el líder de Los Encargados. «Cosas que pasan que si en ese momento un hada del tiempo pudiera decirte al oído: mejor, ahora no lo ves, pero es para mejor, ¡le ahorraría a una tanto…!». Del mismo día, aparece otra marca de agua que definió al universo Bléfari: «Le mostré algunas canciones a Charly García, eran las primeras, me hizo cantar mil setecientas veces una de ellas mientras él tocaba su teclado todo grafiteado y grababa en un doble casetera. Por acá anda una copia». Nunca más lo vio, pero quedó, como no podía ser de otro modo, una enseñanza. «Cuando me fui me dijo: ‘yo me quedo con el original’ y me dio una copia. Se lo escucha gritar cosas como indicaciones que me daba. Lo bueno de aquel encuentro fue ver la capacidad de trabajo de alguien y me señaló que no usara el tú. Nunca lo usé».

Reconoce en la misma entrada que su relación con «otres rockeres» nunca fue del todo buena o fluida. «Eso pienso hoy. ¿Confusión, timidez, de ambas partes? ¿Soberbia de más de cuatro? No sé, hombres y mujeres digo, eh. Por suerte hubo y hay hermosas excepciones, con las que puedo tocar, reír y hasta pelear».

Mientras la era del vacío inundaba los 90, Suárez entabló un idilio romántico con la idea de hacer otro rock mezclando candidez y distorsión. La estampa de grupo único e irrepetible dejó cuatro discos esenciales que fueron mejor entendidos en la década siguiente. Él Mató a Un Policía Motorizado, Las Ligas Menores, 107 Faunos y Los Besos, por solo citar algunos ejemplos, siguen la línea de producción de lo que hoy conocemos como rock indie. En la última década del siglo independencia significaba autogestión y control total de la obra. El sello F.A.N. (Feliz Año Nuevo Discos) fue la mejor invención de la marca Suárez, una casa editora que sostuvo los primeros movimientos de Paoletti, Dios, Victoria Abril, Fotofobia, Fantasías Animadas y casi todos los discos solistas de Bléfari.

«Creo que al principio queríamos envolvernos en una masa sonora electrónica, electrificarnos en ella y electrificar todo lo que se pueda alrededor nuestro: cosas y personas», dice Fabio Suárez. La banda regresó en 2015 para el estreno del documentalEntre dos luces, un film que hurga en los primeros años de una banda en pleno proceso de autodescubrimento. La vida en gira, una cámara siguiendo las risas de backstage y muchos fragmentos de shows, formaban parte del archivo fílmico de los Suárez, material que Fernando Blanco, realizador audiovisual y guitarrista de Valle de Muñecas, seleccionó pacientemente para terminar la primera parte de una saga de tres capítulos. «Cuando le dimos el material a Fernando una de las cosas que conversamos fue que no tenía que haber nada que estuviera explicando: ni quiénes éramos o qué hacíamos, así que todo su arte como director, justamente, fue hacer hablar a las imágenes con una edición perfecta», dijo Rosario a Rolling Stone poco antes del estreno en el Festival de Cine de Mar del Plata.

La era solista de Rosario Bléfari empezó casi por casualidad, Cara (2001) tenía destino de disco paralelo a un impasse de Suárez. Con su hija Nina en los brazos, el nuevo siglo multiplicó sus búsquedas. Grabó producciones notables como Estaciones (2004), un auténtico manual para cancionistas del futuro, hizo cine, representó y escribió obras de teatro de vanguardia junto a su amiga Susana Pampín, la más recordada es Somos nuestro cerebro (2003), una obra de ciencia artística. En 2013 tuvo su primer trabajo fijo y en blanco como columnista de la tarde en el programa Todavía es Temprano (TesT) en la TV Pública. Tres veces por semana Rosario saltaba de los colores primarios a Pier Paolo Pasolini con afán divulgador y la pedagogía de la sencillez. Dos años después volvió a integrar una banda al frente de Sue Mon Mont.

«Ella sabía hacia dónde iba y para mí todo se acomodó para que fuera de esta manera, para que ella terminara sus días en La Pampa», dice Susana Pampín, amiga y aliada en innumerables proyectos artísticos. La actriz reconoce que Rosario tenía muchas cosas más por hacer, no es solamente Diario del dinero que no se llegó a editar en vida. En una de sus últimas charlas, Rosario le dijo: «¡No puedo creer que vaya a salir cuando yo me muera!». Todos sus amigos, familiares y ella también suponían que iba a contar con un tiempo más sin desconocer la gravedad de la situación. «No quería perder el tiempo en cuestiones burocráticas. Yo la estaba ayudando en relación a una cuestión de registro de los temas de su último disco en SADAIC. Hay muchas cosas que quedaron porque ella las quería seguir desarrollando. Quedaron collages, una filmación que Agustina Muñoz le había planteado para el CCK», dice Pampín y no se cansa de repetir que ha quedado polinizada ante la pasión de su amiga de buscar socios para determinadas vertientes expresivas. «La profusión de la creación de Rosario es enorme. Diario del dinero habla de esto, ella lograba marcar un dato o una escena que bajo la mirada de otros fuera irrelevante y que no tiene ninguna importancia, para ella sí y que sea algo relevante que hablara del mundo desde un punto de vista creativo y profundo».

Cuando Nina empezó la escuela primaria, Rosario y Fabio hablaron con ella de las diferencias que podía ver entre sus padres y los padres de sus amigos o conocidos que tenían casa y auto. Le explicaron que ellos en la vida no se habían planteado el tener una casa y un auto, o el tener eso como objetivo, sino que se plantearon hacer lo que tenían ganas de hacer en la vida que, en ese momento pasaba por la música y en otro momento pasó por otras cosas. Si después venía la casa o el auto bienvenidos, pero que ellos no iban a hacer cosas que no querían hacer en pos de eso. Le explicaron que eso era una elección de vida, que Nina después de grande podía estar de acuerdo o desacuerdo, pero que ellos habían apostado a poder estar cerca de sí mismos en todo lo que hicieran. Nina Suárez es música y actriz, también escribe y ya tuvo un papel importante en Arpón (2017), una película dirigida por Tom Espinoza.

Antes de viajar a Santa Rosa, Rosario grabó tres temas junto a los Suárez versión 2019 que incluye a Gustavo Monsalvo (Él Mató…, Sue Mon Mont) como el nuevo guitarrista en reemplazo de Gonzalo Córdoba. «Terminó de grabar y se fue a La Pampa», dice Fabio, que recién metió sus bajos en febrero de este año. «Rosario trabajó de principio a fin. El último mastering que hubo fue escuchado y aprobado por ella y por el resto de la banda. Estábamos en la decisión sobre el arte de tapa y a Rosario la internan», dice y remarca que fue su último proyecto musical «que llegó a concretar hasta el final». La idea es subirlo próximamente a todas las plataformas digitales y también editarlo en formato físico. «Estuve 32 años con ella y llegó al final del último tema que grabó entera, haciendo un gran esfuerzo para estar ahí».

Fabio y Nina tuvieron que esperar tres días hasta que el gobierno pampeano los autorizó a ingresar a la provincia, no llegaron a verla. Tampoco era posible porque debían realizar la cuarentena de catorce días en un hotel de la capital provincial. Rosario alcanzó a enterarse de que habían llegado y poco después falleció en el Hospital Evita de Santa Rosa.

Cuando Nina era chiquita le preguntó a su madre: «Mamá, cuándo vos te mueras, ¿vas a salir en el diario?». Fabio y Nina se alojaron la noche del domingo 5 de julio en un hotel de Santa Rosa. «Esa noche me acosté y apagué el celular porque no paraba de sonar, muchos mensajes. Lo silencié sabiendo que también estaba el teléfono del hotel. A la mañana, muy temprano, Jorge, el primo de Rosario, me avisa que nos había dejado. Fue muy duro. Durísimo. Acá encerrado. Nina dormía», cuenta Fabio, desde La Pampa, la terrible secuencia del desenlace. Ni él ni la más fanática seguidora de Bléfari pudo siquiera imaginar semejante onda expansiva, la noticia apareció en todos los portales informativos y las redes se encargaron del resto. «Honestamente pensé que iban a poner algo, pero no lo que sucedió después». La sorpresa fue absoluta: «Estábamos acá encerrados y viviendo ese momento tan difícil y de pronto es una catarata, no solo llamados. Hay cosas que nos parecieron insólitas de personas que ni sabíamos y después cosas chiquitas, muchísimas. Nos llamaron de radios barriales, de fanzines, de personas de diferentes lugares del país que estuvieron con ella, proyectos en los que Rosario trabajó y después los medios. Clarín puso una cosa, la leímos, me hace bien. Rosario se reiría, se mataría de risa. Me sorprendió y también me abrumó. Sucede que no la pudimos ver y no sé qué hubiera hecho pero tampoco se hubiera podido hacer un ritual en el cual nos juntamos las personas que la quisieron y dar el pésame a los deudos, que es un rito que por algo se da y es muy sanador. Bueno, lo tuvimos a través de las redes. Ver en Canal 7 la cara de Rosario gigante y atrás otra pantalla con otra cara y una conductora diciendo ‘Rosario Bléfari’. Nos mirábamos con Nina con cara de asombro, eso nos hizo sentir… obviamente no apaga el dolor… no lo puedo explicar».

«Rosario Bléfari fue una artista exquisita. Murió a los 54 años, hoy nos deja un viento helado y una tristeza infinita», dice Gabriela Radice visiblemente conmovida. Frente a cámara, la periodista está a punto de quebrarse. Rápidamente la pantalla nocturna del noticiero de la TV Pública cambia de plano y muestra un show en el CCK. «Sigo remontando río arriba en un barco que en la proa lleva el nombre de tu nombre, Río Paraná», canta Rosario, y la noticia se transformó en una certeza impiadosa. El impacto excedió al mundo del rock y sumó a la comunidad del cine, la poesía y el teatro en una despedida sin precedentes para una artista argentina de origen y desarrollo autogestivos. Desde sus primeras experiencias performáticas en el Einstein hasta los días finales, Rosario nunca paró de trabajar y de ayudar a destrabar inseguridades ajenas. El método Bléfari, una guía no escrita, activó durante casi tres décadas todo tipo de impulsos artísticos en algo parecido a una red invisible con cómplices diseminados por todo el país, incluso en naciones limítrofes. En un taller de canciones, en un show de Suárez o en incontables fotogramas de su extraordinaria filmografía, dejó gestos imposibles de olvidar, clics modernos para practicar la libertad y la independencia al menos en el arte.

Andy Cherniavsky, la gran fotógrafa del rock nacional

La fotógrafa Andy Cherniavsky, en la foto con Charly García, revela sus memorias personales de los 80 en un nuevo libro
La fotógrafa Andy Cherniavsky, en la foto con Charly García, revela sus memorias personales de los 80 en un nuevo libro Crédito: Andy Cherniavsky
‘Es raro como se dio todo. Cada puntada que doy me lleva a algún lado y sigo armando este rompecabezas de aprendizaje permanente que tanto me gusta, no solo en la fotografía sino en todo lo demás». Así resume la fotógrafa Andy Cherniavsky una vida de idas, vueltas y continua búsqueda, que acaba de repasar y contar en Acceso directo. Memorias de una fotógrafa del rock argentino en los años 80, su nuevo libro por editorial Planeta.

El inmenso portfolio de Andy es conocido incluso por quienes no la conocen a ella: fotografió a estrellas y bandas under del rock nacional, especialmente durante la década del 80, para discos, revistas, libros y muestras. Sin embargo, los entretelones de su vida personal, revelados en esta autobiografía, no eran hasta ahora de dominio público.

Andy Cherniavsky
Andy Cherniavsky Crédito: Gentileza Pablo Álvarez

Su padre, Daniel Cherniavsky, fue un bohemio director de teatro, televisión y cine (con películas como El último piso, de 1960, y El terrorista, de 1961) y fundador del Centro de Artes y Ciencias. Su madre es la psicóloga Martha Berlin. «Tengo un poco de los dos. Se separaron cuando tenía cinco años y a partir de ahí viví entre dos mundos diferentes. En lo de papá, un desordenado total, había poca comida en la heladera; y en lo de mamá, que siempre se casaba con gente de plata, había heladera llena, maltrato, lujo y esnobismo», recuerda Cherniavsky por teléfono mientras Buenos Aires espera al menos un alivio de la cuarentena.

«Se habían casado muy jóvenes, a los 22, y básicamente yo no les importaba -confiesa-. Con mi padre me llevaba bien, dentro de su delirio. Pero mi madre era más especial. Para ella los chicos eran una molestia, como que no deberían ni ser vistos. Terminaron exiliados en Brasil y España, y digamos que yo no estaba invitada a estar con ellos. Viajaba a visitarlos y volvía a Buenos Aires».

Su primera cámara se la regaló el tercer marido de su madre, Emilio Rodrigué. «Tenía catorce años cuando Emilio se casó con mamá. Él, que era un psicoanalista megaconocido y una persona preciosa, me dio una Fujica básica, pero cambió mi vida».

Un paso fugaz como fotógrafa social de plazas porteñas y horas en el cuarto oscuro le proveyeron las primeras herramientas técnicas. «Fue un aprendizaje a los ponchazos», cuenta en el libro, pero le permitiría luego con su pareja, el diseñador Clota Ponieman, abrir su primer emprendimiento para trabajar con la imagen, el Estudio Grafix.

La fotógrafa y Andrés Calamaro fueron pareja entre 1982 y 1991. Por la casa que compartían, donde el músico operaba su estudio El Hornero Amable, pasaron desde los Abuelos de la Nada y Los Twist hasta Fito Páez. "Éramos un gran grupo de amigos. Unos tendrían un poco más de ego, pero siento que éramo
La fotógrafa y Andrés Calamaro fueron pareja entre 1982 y 1991. Por la casa que compartían, donde el músico operaba su estudio El Hornero Amable, pasaron desde los Abuelos de la Nada y Los Twist hasta Fito Páez. «Éramos un gran grupo de amigos. Unos tendrían un poco más de ego, pero siento que éramo Crédito: Andy Cherniavsky

 

Comenzó a trabajar con muchos músicos, incluyendo Serú Girán. «Serú grabó sus primeros dos discos para el sello joven de Music Hall, Sazaam Records, e hicimos algunos trabajos para ellos en esa época», cuenta en el libro. Andy ya conocía a Charly de más chica (había salido con su hermano, Daniel García Moreno). «Colaboramos en algunos discos que marcaron una época, como Peperina, de Serú. Charly vino con una idea de tapa y fuimos a The Image Bank (uno de los primeros bancos de imágenes de Argentina) a buscar la foto. Cuando vio esa toma de la chica con la sopa dijo: ‘¡Es esta!'».

Después de tapas para bandas como Dulces 16 y el Dúo Fantasía, llegó la oportunidad de trabajar con León Gieco. «Sentí que iba a jugar en primera. Fue un proyecto más charlado, más profesional y de eso salió la tapa de Pensar en nada, de 1981, que siempre me gustó mucho. La idea era que León apareciera tirado en un sillón, como dormido y con su hija Liza. El sillón era de mis abuelos y puse un arlequín que me había regalado Zoca, la novia de Charly».

Andy estaba a punto de convertirse en el ojo fotográfico del rock en los 80. Su relación profesional con Los Abuelos de la Nada y personal con Andrés Calamaro fue una parte central de esas aventuras. «A Miguel lo había conocido en el Centro de Artes y Ciencias. Venía de Europa y era muy especial, tenía una mirada y un bagaje musical increíbles. Era el que más experimentaba, el más hippie, y los demás lo miraban con mucho respeto. Andrés era un nene en esa época -recuerda Andy-. Fui a ver a los Abuelos a un boliche y me enamoraron, y el flechazo también fue con Andrés. Lo interné a Charly hablándole de lo buenos que eran y le pedí que fuera a verlos. Le encantaron y terminó produciendo el debut de la banda».

 

Por su trabajo para discográficas y la revista Rock Pop, Andy se convirtió en la fotógrafa del rock nacional de los 80, retratando a un centenar de bandas, como Sumo
Por su trabajo para discográficas y la revista Rock Pop, Andy se convirtió en la fotógrafa del rock nacional de los 80, retratando a un centenar de bandas, como Sumo Crédito: Andy Cherniavsky

Andy y Andrés estuvieron juntos de 1982 a 1991. «Los dos éramos muy tímidos. Así que el enamoramiento fue un proceso largo y platónico hasta que consolidamos la relación. Fue una etapa super importante de mi vida, crecimos juntos en todos los aspectos. Andrés tenía un estudio en casa (el mítico El Hornero Amable). Teníamos tres gatos, una lechuza (regalo de Javier Calamaro) y una paloma. Vivíamos en un lugar divino y con una gran armonía. Yo trabajaba de día y él de noche, y nos encontrábamos en horarios disímiles, era muy divertido».

Andy reconoce la importancia de los Calamaro en esos años. «Pensá que venía de una familia muy enquilombada con esposas, ex maridos, padres ausentes. Llegar a una casa con una mesa para reunirse, comer y conversar era increíble. Era una familia real, concreta y me trataban como una hija más».

Cherniavsky sacó las fotos de los primeros dos solistas de Calamaro, Hotel Calamaro y Vida cruel. «Fue una relación hermosa y duró lo que debía. Estoy feliz por su carrera, no lo veo hace rato y no hay pendientes con él. Está en el lugar que merece».

Cherniavsky trabajó con García en distintas producciones a lo largo de varias décadas, desde la tapa del disco Peperina, de Serú Girán (en ese caso, no como fotógrafa) hasta este retrato ya clásico para la tapa del número 15 de Rolling Stone, en junio de 1999.
Cherniavsky trabajó con García en distintas producciones a lo largo de varias décadas, desde la tapa del disco Peperina, de Serú Girán (en ese caso, no como fotógrafa) hasta este retrato ya clásico para la tapa del número 15 de Rolling Stone, en junio de 1999. Fuente: Archivo

 

Por la casa de Palermo que compartían fotógrafa y músico pasaron desde los Abuelos, Luca Prodan y Los Twist hasta Fito Páez. «Esa generación no creo que se repita. El empujón entre todos era mutuo, una retroalimentación por la que, si uno crecía, el otro también. Eso no lo volví a ver después. Éramos un gran grupo de amigos con un pacto de ida y vuelta. Unos tendrían un poco más de ego, pero siento que éramos un movimiento real, concreto, de creatividad y mucha amistad. Veníamos de una dictadura y cuando pudimos, fuimos por todo. Eso se perdió un poco en los noventa».

Andy también trabajaría junto a Daniel Grinbank para su sello DG. «Teníamos un miniestudio arriba de donde firmaban los contratos. Apenas firmaban los mandaban arriba y les armábamos las fotos de prensa», cuenta Andy. «De ahí salió la revista Rock & Pop. Desde 1985 hasta 1988 debo haber fotografiado a más de cien bandas y solistas de acá, además de los shows internacionales».

Ya en esa época Cherniavsky tenía su estudio junto a Gabriel Rocca (fogueado en la revista Pelo) y trabajaban en campañas publicitarias. La fotógrafa fue dejando lentamente el ambiente musical. «Después de un show de los Ramones, donde terminé bañada en saliva, ya estaba medio cansada del rock. De la improvisación en el rock a la hiperproducción y control en la moda y la publicidad hay un espacio que quería transitar».

¿Qué te llevó a hacer el libro?

El desafío. Me siento muy expuesta en el libro y tardé mucho en escribirlo. También quería mostrar a los músicos, pero cuidándolos y no mandando a nadie en cana. No tenía diarios de la época, pero me ayudaron las fotos, que son básicamente mi forma de «escribir». Soy una virginiana muy ordenada y las tengo todas catalogadas por fechas. Pero, además, quería mostrarle a mi hija, Liza, que todo lo que viví fue una enseñanza y que el camino es esta trama donde uno va aprendiendo mientras camina. Que quede claro que ella es, sin duda, mi mejor trabajo.