Catnapp

El beat emocional: «Yo hago música para sacar lo que tengo adentro»
Amparo Battaglia encontró en Berlín la vida que no podía tener en Buenos Aires: su proyecto despegó y logró, finalmente, vivir de su música. ¿Cómo hace ahora para que el juego creativo no se convierta en rutina?
Amparo Battaglia encontró en Berlín la vida que no podía tener en Buenos Aires: su proyecto despegó y logró, finalmente, vivir de su música. ¿Cómo hace ahora para que el juego creativo no se convierta en rutina? Crédito: Cem Gültepe
Alas siete de la mañana, una chica argentina termina su turno en la caja del guardarropas. En Ohm, el club de Berlín donde trabaja -un cuadrado de azulejos blancos, parecido a una carnicería-, la fiesta que todos los meses hace el sello Monkeytown Records todavía sigue y ella quiere ver qué onda. Pide una cerveza en la barra y se pone a charlar en inglés con un desconocido. Es una situación algo inusual en Alemania, donde los contactos random son poco frecuentes. Pero, a veces, lo que nunca pasa de repente sucede, y el chico de la barra es el tour manager de Modeselektor, el dúo de tecno berlinés formado por Gernot Bronsert y Sebastian Szary que desde hace más de 15 años es uno de los actores más importantes de la escena electrónica, son los fundadores de Monkeytown Records y tienen a Thom Yorke entre sus fans (el líder de Radiohead, además, colaboró con ellos en los temas «The White Flash», «This» y «Shipwreck» y actuó en vivo como invitado en su presentación en el festival Coachella de 2012). La chica es Amparo Battaglia, Catnapp cuando sube al escenario, una artista nacida en el conurbano norte que empezó su carrera en 2010 haciendo un electro inquieto al que le fue agregando breakbeat, drum & bass, dubstep y trip-hop; tuvo fechas en fiestas como Undertones o +160, participaciones en Creamfields Buenos Aires y colaboraciones con Poncho, Nairobi y Bomba Estéreo.

Entonces, como si fuera otro amanecer cualquiera, Amparo/Catnapp y el tour manager charlan mientras la fiesta se va apagando, y él le pregunta si ella hace música. «Entonces me dijo que le mande», cuenta ella ahora sentada sobre el césped del parque Thomashöhe, a unas pocas cuadras de su casa berlinesa. Es principios de mayo y en las últimas semanas dio más entrevistas para medios argentinos que en toda su carrera. El motivo no es su incorporación como artista al sello Monkeytown Records, ni la salida de su nuevo EP, Damage -que se lanzó a finales del mes pasado-, sino otra cosa, también, según ella, fruto de la casualidad: su participación en Poco ortodoxa, la serie de cuatro capítulos que Netflix estrenó en marzo y se convirtió en uno de los hits del año con la historia de Esty, una chica de 19 años que escapa de una comunidad judía ortodoxa en Nueva York para empezar otra vida en Berlín y que en el episodio tres termina en un club donde, sobre el escenario, actúa Catnapp.

A Monkeytown Records le mandó un EP en el que había estado trabajando y que estaba casi terminado. Al poco tiempo, durante el invierno europeo, regresó a Argentina de vacaciones. Un poco de playa en Pinamar para esquivar los días en los que en Berlín se hace de noche a las cuatro de la tarde. Estaba a metros del océano Atlántico cuando le escribieron del sello de los Modeselektor desde el otro lado del mundo: su material les había gustado y querían que hiciera un EP para ellos.

De repente, las vacaciones se terminaron. «Yo estaba con mis amigos, me puse a preparar el EP en la casa de mi familia en Pinamar, filmamos como cuatro videos ahí tipo, de la nada, muy flashero, y cuando volví de Argentina me invitaron a la oficina. Yo todavía no había conocido a Modeselektor ni nada», cuenta Amparo como si fuera una travesura.

Cuando llegó a las oficinas del sello, la invitaron a pasar al estudio.

-Te vamos a hacer escuchar una música nueva que estamos haciendo.

Así contado, parece fácil: chica argentina la pega en Berlín. Pero Amparo aclara que, en realidad, esa conversación que destrabó su futuro tardó cinco años en llegar. «Me he vuelto loca durante años mandando demos por mail, a chorros, listas infinitas de todos los sellos que me interesaban y de repente, tipo, tenés una posibilidad así y te sucede. Es un flash».

Amparo nació en Olivos y creció en zona norte, entre Vicente López y Belgrano. Sus viejos se conocieron tocando en una banda, y los dos siempre cantaron y tocaron la guitarra. Vivía con su mamá y sus abuelos, Dalia y Roberto «Baby» López Furst, el reconocido pianista de jazz que murió en julio de 2000, cuando ella tenía 12 años. «Él tenía su estudio en casa, así que yo vivía ahí, tocando el pianito, jugando con los papeles que le llegaban», cuenta envuelta en una remera negra oversize, un pedazo de tela enorme, larga como un vestido, con una inscripción en ruso estampada en rojo.

Creció rodeada de instrumentos, jugando con el piano de su abuelo. Fantaseaba con ser DJ y se entretenía cortando y mezclando canciones que grababa de la radio. «Mi abuelo tenía una Mac en ese momento, una miniatura que venía con un mouse cuadrado y un tecladito chiquito así… y con eso hacía música», recuerda. «Después tenía otra Mac, también vieja, un poco más grande y un poco más pro, donde tenía un programa de música. Eran los 90 y hoy pienso, ¿cómo mierda hacía?».

En el colegio, formó una banda de punk-pop, que hacía canciones en español y covers de No Doubt y The Cure. Cuando terminó el secundario, no sabía qué estudiar. Pensó en diseño gráfico o de indumentaria pero no estaba segura. Con esa duda se fue de viaje de egresados y allá tuvo una revelación: «¡Pará! Yo hago música!». Cuando volvió se anotó para estudiar producción de música electrónica en una escuela terciaria que todavía existe en el barrio de Belgrano.

Mientras tanto trabajaba de System Admin en IBM: eran nueve horas de oficina. «Después volvía a mi casa y en mi tiempo libre hacía música. Tomaba una birra, hacía unos temas, jugaba, ni idea, sin ningún fin… así salían las canciones», cuenta ahora sobre esos años en los que la música -todavía- no era un trabajo. Después de su paso por IBM, fue secretaria en una productora. «Siempre tuve mi trabajo full time. El tiempito que me quedaba hacía música, nada más. Recién el año pasado pude empezar a vivir de esto y ahora es un proceso totalmente distinto. Ahora este es mi trabajo, no es mi tiempo libre, es otra cosa y eso muy difícil».

Su abuelo mantenía a la familia tocando el piano y ella cree que ahí está la fuente de su confianza: siempre supo que era posible vivir de la música. La transformación en artista de tiempo completo fue algo que deseó y buscó por mucho tiempo, pero ahora la asusta un poco el impacto que esta nueva vida puede tener en su proceso creativo: le da miedo qué puede pasar si se automatiza demasiado esa tarea de crear canciones, cómo evitar que el juego se vuelve rutina. «Estoy tratando de revertirlo, de no ponerme como objetivo crear una canción, sino estar ahí, hacer música cuando quiero, para seguir disfrutándolo. Todavía no encontré la fórmula, pero estoy en proceso».

Catnapp apareció en el under porteño en 2010 con su EP Caterpillar. Tenía 22 años, pero ella, dice ahora despatarrada bajo el sol berlinés, se sentía de 18. Una chica fan de los gatitos que jugaba al dubstep con sus bases y agitaba a sus amigos para hacer bardo. Así –Bardo– se llamó su siguiente trabajo, un EP de siete temas que sacó en 2011. «Todo empezó por diversión. Cuando me preguntaban de qué hablaba en las canciones era, tipo, chico, chica, joda, birra, whisky. Las letras hablaban de eso porque yo lo que necesitaba era eso: hacer música divertida para bailar y hacer pogo».

Cisco, organizador de Undertones, la fiesta que más impulso le dio a la escena electrónica argentina independiente entre finales de 2010 y la década pasada, la conoció en esa época. «La primera vez que la vi en el escenario no sabía qué hacía ella y quedé muy impresionado», cuenta Cisco desde Barcelona, donde vive desde hace unos años. «Tenía mucha potencia escénica, era muy fresca, muy nueva, muy diferente». Él recuerda, al menos, cinco o seis fechas de Catnapp en Undertones.

«En ese momento ella estaba haciendo una especie de rap, medio psi-fi, duro, bastante espacial, una cosa medio extraña y a la vez medio gangsta, de gato callejero», dice. «La verdad que la rompía. Ella es una persona muy suave, muy amable, por momentos hasta podría parecer tímida, pero después la ves en el escenario y no la podés creer».

Las once canciones de su trabajo siguiente, A Cliff in an Eyeblick (2014), dejaban en claro que Amparo ya no era una adolescente con ganas de agitar todo el día. «Fui pasando por otros momentos de mi vida, en los que necesité expresar cosas mías, personales, emocionales, que quería sacar para afuera», dice ahora. Esta vez, la inspiración no había estado en las fiestas con amigos sino en la literatura, especialmente de los libros de Ray Bradbury, Howard Phillips Lovecraft e Isaac Asimov. El resultado fue un disco introspectivo, íntimo, oscurísimo.

Pensó en cambiar de nombre, armar un proyecto paralelo a Catnapp para las canciones que hablaban de cosas más personales, pero nunca lo concretó. «En ese momento cambiaron mucho mis seguidores, de gente más fiestera a gente más profunda», cuenta. «Y después volví a la joda. Cambió, siempre cambia, yo siempre cambio».

Esto la obsesiona: durante la charla con Rolling Stone, varias veces vuelve sobre este tema, la danza difícil entre las expectativas de los demás sobre el trabajo propio, el derecho a cambiar y a fallar, y el miedo a automatizarse para agradar a los demás. «Yo no entiendo cómo hacen esas bandas que siempre hacen lo mismo, no sé si es que tienen un contrato con un sello que les dice que tienen que hacer lo mismo sí o sí», se pregunta Amparo entre trago y trago de agua. La botellita de metal rojo ya está gastada de tanto manoseo. «Yo hago música para sacar lo que tengo adentro, dárselo a alguien más, pero siempre va a ser distinto lo que tenga para decir. Todos cambiamos todo el tiempo y nos inspiran diferentes cosas. Si yo no puedo expresar eso, me muero».

Amparo a los dos años. Nació en una familia de músicos: su abuelo era el reconocido pianista de jazz Baby López Furst.
Amparo a los dos años. Nació en una familia de músicos: su abuelo era el reconocido pianista de jazz Baby López Furst. Crédito: Gentileza Amparo Battaglia

Un año después de la salida de A Cliff in an Eyeblick se mudó a Berlín. Había pasado por la ciudad en una gira un par de años antes, y la había sorprendido cómo la recibieron «los alemanes». «Me esperaba una recepción más fría pero no, ¡más cálidos! Abrazo, beso, comamos… sentía que lo entendían más [lo que ella hacía], que acá [en Buenos Aires] o que les llegaba más», contó en un entrevista de 2013 para un programa de televisión.

En realidad no se mudó sino que se quedó. «Yo estaba de gira y me quería ir de Argentina. Cuando llegué no sabía que me iba a quedar acá, lo único que sabía es que me quería ir de allá», cuenta. Primero pensó en instalarse en Londres -tenía una amiga viviendo ahí y su pasaporte español en la época pre Brexit se lo permitía-, pero no le gustó nada la ciudad: «No sé, muy careta, amor innecesario, falso». Unos amigos argentinos estaban en Berlín de vacaciones y se hospedó con ellos en un departamento sobre la calle Maybachufer, que orilla el canal. «Cuando llegué, fue justo por esta época: primavera, sin corona… imaginate, tipo, la naturaleza, toda la gente re feliz, de buen humor».

Imposible no quedarse ahí: la ciudad está rodeada de lagos y bosques y el recuerdo traumático del invierno alemán empuja a todo el mundo afuera. «Fue una semana de fiesta con mis amigos. Salir, divertirse, y eso me ayudó a encarar la ciudad desde un lugar mucho más chill y acompañada. Después se fueron y yo me había hecho un par de amigos y estuve dando vueltas por todos los barrios, de departamento en departamento, me había armado un itinerario: tres días acá, dos allá, cuatro acá… pasé por todos lados».

Cuando llegó, no hablaba alemán, pero sí un muy buen inglés, que en Berlín alcanza para hacer casi todo, excepto lidiar con la tediosa burocracia alemana. Empezó a trabajar en un boliche y cuando la echaron aplicó a la ayuda en el Job Center, la oficina estatal que trabaja con las personas que buscan empleo.

Como para Esty, la protagonista de Poco ortodoxa, para Amparo llegar a Berlín también fue una experiencia de descubrimiento. «Acá descubrí un tipo de vida en el que puedo estar tranquila, que para mí era esencial», dice. «En Argentina no me gusta la energía que hay, todo el mundo está mal, de malhumor, a la defensiva, y con razón, por una acumulación de cómo es la vida allá. Poder vivir relajado, poder ahorrar, no tener miedo en la calle… tener esa base cambia todo».

También trabajó como cajera en un boliche, fue encargada del guardarropas de otro y empleada de una productora de DJ. Mientras hacía eso, empezó a conocer el ecosistema underground de Berlín: se metió en los clubes, donde encontró a veces la misma música que sonaba en Buenos Aires y otras veces algo completamente distinto.

«Hay tantas culturas juntas acá, conocés gente de todo el mundo todo el tiempo y te inspirás en cosas nuevas constantemente. Acá la gente puede pagar los espacios para hacer cosas, porque no importa que no haya un sold out, no importa tanto recuperar el dinero que invertís», explica. Eso cambió su manera de producir, amplió los horizontes de los que pensaba que era posible. «Esta ciudad te da una libertad para poder hacer eventos mucho más underground, mucho más raros, y te nutrís de cosas que quizás en Argentina no tienen lugar».

Después de Fear, ese primer EP que armó entre Berlín y Pinamar, en Monkeytown Records le propusieron que trabajara en un álbum. Le dieron un deadline de cuatro meses. Alquiló un estudio en Berlín y se organizó en una rutina casi de oficina. «Fue una exprimición de creatividad», dice ahora riéndose, pero el proceso fue más difícil de lo que ella esperaba. Aunque llegaba bien temprano al estudio y se iba a la noche, le costaba avanzar en algo concreto. «Estaba todos los días en el estudio y nada… era llegar, tomarme un café, abrir la computadora, abrir el programa, mirarlo, llorar un poquito, escribir un poquito una letra en el piso, llorar más, hablar con amigos durante tres horas y quizás una, dos horas, tres horas, dedicarme realmente a la producción», cuenta. Salía de vuelta para su casa recién a las nueve de la noche. «Pero la mitad del tiempo estaba llorando, hablando por teléfono con mi mamá diciéndole ‘no puedoooo'».

Igual, pudo: terminó Break -el disco que editó el año pasado- en dos meses. Y «Thunder», la canción que acompaña el quiebre definitivo en la vida de Esty, la protagonista de Poco ortodoxa, casi queda afuera del tracklist. «Pensé ‘este tema es muy emocional, re mío, a la gente no le va a gustar'», dice. Su amiga Flor la convenció por WhatsApp de incluirla en el disco. «Estaba en esa lucha interna entre lo que yo quería y lo que la gente esperaba. Y lo terminé de hacer y fue como ‘wow, qué lindo!’. Le puse la letra de otra canción que ya había hecho antes, la mezclé toda y ¡taran!». Odia que le pase eso cuando compone: pelea seguido contra la tentación de sentarse en la computadora para aplicar lo que sabe que el público espera de ella como si fuera una fórmula matemática que da como resultado un éxito asegurado. «Siento que a veces lo que quiero hacer pasa por una máquina de traducción de lo que la gente va a entender y le va a gustar y eso es horrible».

No le interesa posar de superpoderosa. Hace poco vio el documental sobre la estrella trap estadounidense Travis Scott, Look Mom I Can Fly [Netflix], y no le gustó. No le gustan en general las películas y documentales que muestran a los artistas viviendo una vida de estrellas, siempre rodeados de amigos, fumando porro, como si la vida de un artista fuera una fiesta permanente. Le gusta más el documental de Lady Gaga, Five Foot Two [también por Netflix], porque a la artista la muestra vulnerable. «Eso es más reconfortante», dice Amparo. «Porque si vos creés que la vida de los artistas es como te la muestra Travis Scott y de repente vos estás llorando en el estudio, te pone un parámetro inalcanzable: tengo que estar llena de amigos, tipo, tomando birra o fumando porro… yo no fumo porro, ¿estará mal? Y así empezás a cuestionar un montón de cosas, es como un círculo vicioso».

Hay algo de esa angustia creativa en el proceso que le interesa explorar y también mostrar: cada canción le lleva mucho trabajo, mucha cabeza y mucho corazón como para fingir que es el resultado de algo que le salió fácil. «La verdad que, después de tantos años, yo prefiero ser real y contar también esas cosas. Me parece que eso ayuda un montón a otros músicos a no sentirse mal cuando se ven en esas situaciones, que son de lo más comunes y que a Travis Scott también le debe pasar, porque a todos nos pasa».

Catnapp, en la producción de fotos para uno de sus últimos lanzamientos
Catnapp, en la producción de fotos para uno de sus últimos lanzamientos Crédito: Kitty Schumacher

Antes de sumarse a Monkeytown Records, Catnapp ya estaba haciendo ruido en la escena local: en 2016, cuando estaba casi recién llegada, la publicación alemana INDIE magazine la describía como la «gatita electrónica favorita de Berlín». En 2017, después de una mala experiencia con un sello inglés que la bajó de un festival en Londres una semana antes del show, armó su propio sello, Napp Records, con la idea de impulsar a artistas nuevos.

Pero sumarse a Monkeytown en 2018 cambió todo: no solo giró con ellos como invitada para abrir sus shows, sino que también subió con su live a escenarios como el del club Berghain, quizás el más deseado y exclusivo de la escena electrónica europea, donde la encontró una noche un amigo de Maria Schrader, la directora alemana de Poco ortodoxa. Así llegó a ser parte de uno de los fenómenos del on demand en la cuarentena global.

Ahora, cinco años después de su arribo a Berlín, es difícil pensar que esta ciudad no fuera el destino natural para Catnapp y su música, que en Buenos Aires no terminaba de encontrar un lugar -aunque festivales como Creamfields la habían convertido en un género masivo, la música electrónica seguía siendo de nicho-. «Si me apurás, lo que ella hace en Berlín también es original. En Buenos Aires no tenía un espacio claro, de hecho nosotros generábamos un espacio para ella, pero no era natural, orgánico… era algo que abríamos, ensanchábamos nuestro margen para que entrara ella», dice Cisco sobre su paso por Undertones. «No por nada la agarra Modeselektor y la invita a ser la cantante de la gira, estamos hablando de las autoridades de la historia de la música en Berlín. El show que hizo en el Berghain con ellos es una cosa tremenda, no sé cuánto más copado que eso puedas tener».

Este viernes 8 de mayo es feriado en Alemania, en conmemoración del fin de la Segunda Guerra Mundial. Neukölln, el ruidoso barrio de Berlín Oeste donde Amparo vive sola desde hace unos meses, está como dormido: aunque es una mañana primaveral -22 grados, sol sin nubes-, los negocios están cerrados y las calles vacías.

Excepto en la puerta de su edificio. Ahí, sentados y violando las reglas de «prohibición de contacto» que el gobierno alemán estableció a comienzos de la pandemia para frenar la propagación del coronavirus por el país, una docena de varones toma cerveza con el barbijo acomodado entre la pera y el cuello.

Antes de salir de su casa, Amparo tira una bolsa de basura orgánica en el tacho específico para eso que hay en la mayoría de los edificios berlineses. Llega a la calle cargada con una bolsa de supermercado con una docena de botellas de cerveza vacías y las deja ahí, en la puerta, para que se las lleven. Por toda la ciudad, hombres y mujeres pobres recorren las calles recolectando botellas que cambian por 0, 08 centavos de euro en los supermercados.

Atrás de su casa, a menos de 200 metros, está el parque Thomashöhe, uno de los más de 2.500 parques y jardines que hay en esta ciudad. Cuando nos sentamos en el césped son las diez y cuarto de la mañana y no hay todavía mucha gente dando vueltas: a unos metros un chico practica con su violín y, un poco más lejos, una pareja está tirada al sol leyendo. «Esto es Berlín», dice Amparo y se ríe. Esto es una de las cosas que más le gustan de vivir acá: que incluso en medio de la ciudad, la naturaleza está ahí, a cinco minutos de su casa.

La pandemia la encontró muy cansada y, en un punto, parar de prepo un poco fue un alivio para ella. «A mí el cambio me vino bien, extrañamente. Venía de estar de gira todo el año pasado, tipo agotada, y la verdad que si no me frenaba alguien no iba a frenar», dice. En 2019 recorrió Europa abriendo los shows de Modeselektor. Fueron meses de vivir con la valija armada, sin saber bien dónde iba a estar la semana siguiente. «De repente tocás tres veces por semana en tres países distintos y lo vas normalizando».

Unas semanas después de la entrevista con Rolling Stone, Catnapp y Monkeytown Records presentaron Damage, el nuevo material de Amparo. «El disco habla mucho de la autodestrucción humana, de cómo buscamos autodestruirnos, de la necesidad que tenemos de hacerlo: desde ir a un club y ponérsela en la pera hasta tener una relación con alguien y hasta qué punto podés deformar quién sos para satisfacer a esa persona».

«Keep me silent underground, damage/ Do you need to break me down?, damage/ Did you feel it too? Damage/ Was it real for you? Damage/ Do you feel it too? Damage/ I don’t think you do! Damage», canta Amparo en el tema que le da nombre al disco que compuso entre el agotamiento post gira, el silencio pandémico y los residuos de una relación que ella define como «súper tóxica».

Aunque nunca hubo cuarentena en Berlín, la ciudad sí estuvo muy quieta entre marzo y abril. Fueron meses en los que aprovechó para mirar películas, tocar la guitarra, chatear con amigos. Ahora que en Berlín la vida post Covid-19 se parece cada día más a la vida pre Covid-19, todavía no hay fecha para la reapertura de los clubs. Ella dice que está muy tranquila pese a eso, que no espera nada. «Algunos dicen que en septiembre van a volver los festivales, hacen cálculos matemáticos… pero la verdad que nadie sabe nada y prefiero no pronosticar, no anticiparme».

Cuando empezó la crisis del Covid-19, se cruzó con una historia de Instagram que decía «los músicos ahora van a tener que encontrar otra manera de sobrevivir». Entonces le pidió ayuda a su manager en Alemania, que le consiguió un trabajo dando feedback a personas que suben su música a Internet. Son dos horas por día y, así y todo, muchas veces se encontró fastidiada de hacerlo. Ese malestar con la tarea la sorprendió: si ella en Buenos Aires trabajaba nueve horas por día en algo que no le gustaba, ¿cómo podía ser que ahora le molestara dedicarle dos horas por día a esto? «Ahí me di cuenta y fue como, ¡wow!, ¡me acostumbré a hacer lo que quiero!», dice. «Soy muy, muy afortunada y tengo que disfrutar este momento».

Feli Colina, cantaba en el subte y llegó a los míticos estudios Abbey Road

Feli Colina dejó su Salta natal por Buenos Aires, empezó a cantar en el subte y ganó el concurso que la llevó a grabar su disco en Londres, en los míticos estudios Abbey Road donde grababan los Beatles
Feli Colina dejó su Salta natal por Buenos Aires, empezó a cantar en el subte y ganó el concurso que la llevó a grabar su disco en Londres, en los míticos estudios Abbey Road donde grababan los Beatles Crédito: Prensa Feri Colina

La historia de Feli Colina es de película. Llegó de Salta a Buenos Aires y decidió probar suerte cantando en el subte. Conquistó el corazón de muchos de los que la escucharon y eso generó repercusión en las redes sociales. Y finalmente se ganó la posibilidad de grabar un disco nada menos que en Abbey Road, el estudio que se hizo famoso en todo el mundo gracias a los Beatles, en un concurso televisivo en el que brilló con su talento para la música. El álbum, segundo de su carrera, se llama Feroza y fue producido por Juanchi Baleirón, de Los Pericos. Es un disco heterogéneo y en muchos pasajes visceral, donde esta joven de 26 años exhibe una notable personalidad.

Antes de la llegada de la cuarentena, Feli ya había plantado bandera en el circuito independiente: muchos de los que fueron a ver la presentación del último disco de Francisca y los Exploradores en Niceto quedaron encandilados con su show de apertura, una performance moderada, en términos de despliegue escénico, en comparación con las que suele montar para sus propios conciertos, de impronta claramente teatral. Pronto estrechó vínculos con artistas de su generación que son parte de la nueva escena del pop argentino: Juan Ingaramo, Conociendo Rusia, Usted Señálemelo, Salvapantallas… Y ahora, como todos sus colegas, espera con ganas la reactivación de los eventos en lugares públicos para girar por el país con su flamante repertorio.

Para matizar este paréntesis obligado lanzó un single, «Serenidad», que arranca con una declaración de principios: «Quizás no pueda quedarme callada». Una buena manera de levantar la mano y hacerse visible hasta que las cosas vuelvan a su cauce. «La idea original era hacer ese tour nacional, pero hubo que recalcular. Todo esta pausa me hizo sentir un poco desconectada. Entonces me propuse reconectar y empecé a conceptualizar lo que me pasa para escribir nuevas canciones. Pienso en un futuro disco donde esté muy presente el espíritu de mis ancestras: mi tía, mi madre, mi abuela, mi tatarabuela, mis primas, mis hermanas…», explica.

-¿Cuánto te sirvió la experiencia de tocar en el subte para aplicarla cuando tuviste la oportunidad de grabar profesionalmente en un lugar como Abbey Road?

-Mucho. Feroza es, en buena parte, una consecuencia de esa experiencia. El subte fue como una universidad para mí. Estaba sola con la guitarra en un vagón lleno de gente, y yo mido 1,65 y peso 50 kilos… Hay que sacar una fuerza muy especial de adentro para aumentar el peso de tu presencia, para llamar la atención, para hacerte gigante, digamos. El disco tiene momentos muy íntimos, muy chiquititos y otros súper grandilocuentes que forjé ahí en público, rodeada de gente que estaba viajando a su casa o al trabajo.

-Es una situación rara porque mucha gente quizás no la tiene prevista. ¿Tuviste algún problema con pasajeros?

-Al contrario, la verdad es que me pasaron cosas muy lindas. Yo tocaba canciones de amigos o algunas más viejas que escuchaba mi papá en casa. Y hubo gente que se emocionó porque un tema le trajo un recuerdo, o niños que me observaban súper atentos. Incluso logré muchas veces capturar la atención de alguien que en principio no parecía muy predispuesto a escuchar. Yo creo que la falta de predisposición para escuchar un artista callejero está relacionada con el apuro por hacer lo próximo en esta lógica medio alocada en la que vivimos. Porque el subte nunca es un lugar de tranquilidad, eso lo saben todos los que viajan. Los músicos del subte le dan presencia, importancia a ese momento en el que ofrecen su arte. Si vos tenés vergüenza o tratás de ser invisible es peor, porque en el subte todos somos un poco invisibles, cada uno está en la suya. La única forma de llamar la atención es tener el coraje de exponerte al cien por ciento.

-¿Ahí está el origen de la teatralidad de tus presentaciones en vivo?

-Claro, algo de eso quedó en mí. Cada canción tocada en un vagón del subte es una oportunidad de captar nuevas miradas, así que eso me sirvió mucho como entrenamiento. En todos los shows, incluso cuando soy corista -con Gonzalo Aloras, por ejemplo-, me expongo al máximo para atraer la mirada del otro. Es un buen recurso.

-Siempre es difícil definir el estilo de un músico, pero intentémoslo igual: ¿qué dirías del tuyo?

Feroza es un disco heterogéneo porque yo soy parte de una generación heterogénea. Yo diría que la mixtura es mi identidad. El disco está lleno de matices y momentos diferentes. Las especias que se usaron para hacerlo son mías, claro. Son condimentos que tengo dentro mío. A mí me gustan Oktubre, de Los Redondos y La hija de la lágrima, de Charly García, pero también amo a Chavela Vargas, Chabuca Granda y Lola Flores.

"En Salta sufrí como niña y adolescente la represión y el machismo de una provincia que es muy conservadora", sostiene Feli Colina
«En Salta sufrí como niña y adolescente la represión y el machismo de una provincia que es muy conservadora», sostiene Feli Colina Crédito: Prensa Feri Colina

-¿Y que relación tenés con la gran tradición del rock argentino? Es música que escuchaste o escuchás?

-Me parece que la inmensa mayoría de la gente de mi generación que hace música acá escuchó a Charly, Cerati, Spinetta y Fito. Somos los herederos de ellos, de algún modo. Es la música con la que crecieron varias generaciones de argentinos. Tengo muchísima afinidad con la obra de todos esos grandes artistas. No conocí personalmente a ninguno porque me muevo en otro ambiente, pero sus canciones siempre estuvieron presentes en mi vida.

-¿Cómo fueron tus primeros contactos con la música?

-Mi papá y mi tío abuelo cantan y tocan la guitarra muy bien. Siempre hubo un juego con eso en mi casa de Salta. Fue natural la posibilidad de agarrar una guitarra y ponerme a cantar. Cuando tenía 11 años empecé a sacar temas con mi hermano. Y un día les mostramos a mis viejos lo que habíamos hecho y quedaron muy impresionados. Eso me dio mucha seguridad. Yo era una niñita. Tengo también un recuerdo anterior, que tiene mucho que ver con mi personalidad escénica: cuando pasaban Yo soy Betty, la fea en Telefe, el tema de presentación del programa era «Se dice de mí», de Tita Merello. Yo tenía 7, 8 años y me gustaba mucho el juego de memorizar esa letra y hacer una perfo cuando la cantaba. A mi vieja le encantaba eso, me pedía que lo haga para las amigas.

Feli Colina empezó a ganar un espacio en la escena independiente porteña
Feli Colina empezó a ganar un espacio en la escena independiente porteña Crédito: Prensa Feli Colina

-Años después decidiste mudarte a Buenos Aires. ¿Ya estás completamente adaptada?

Sigo siendo salteñísima (risas). Toda mi familia está ahí. Vivo acá hace seis años, así que estoy en proceso de adaptación todavía. En Salta no hay mucha gente que tenga curiosidad por escuchar cosas nuevas, alternativas. Todos están con el folclore, el jazz más clásico o el rock barrial. En un momento sentí que el piso estaba muy cerca del techo, entonces decidí venirme a Buenos Aires. Dedicarme a la música no era una posibilidad real allá. De hecho, cuando terminé la secundaria empecé a estudiar Derecho porque, aunque en el fondo sabía perfectamente que quería dedicarme a la música, pensaba que nadie se lo iba a tomar en serio. Buenos Aires es una ciudad muy grande. Te cruzás todo el tiempo con distintos tipos de gente, y yo siento que hay un individualismo y una apatía por el otro que me resultan muy extraños. Durante los primeros años que estuve acá sentía que cuando me hablaban me estaban retando (risas). Salta tiene algo de pueblo chico que es bastante dañino, pero la gente suele ser más amable, más empática que en Buenos Aires. Extraño eso, porque acá es como si fueras solo un número. Obviamente que en Salta sufrí como niña y adolescente la represión y el machismo de una provincia que es muy conservadora. Todavía hoy peleo con los fantasmas de una sexualidad muy reprimida. En Salta, a las mujeres se les enseña la pureza y a los hombres todo lo contrario. Aun hoy me acuerdo de algo que me dio mucha bronca: el Flaco Spinetta fue a Salta para presentar su disco Pan, en 2007 y yo, que tenía 13 años, me moría de ganas de verlo. Pero no pude. Y a mi hermano, que tenía 14, lo dejaron ir sin problemas.

El músico de Turf y Poncho, Leandro Lopatín, se lanza como solista

Leandro Lopatín, de Turf y Poncho, editó su primer disco solista, LEA
Leandro Lopatín, de Turf y Poncho, editó su primer disco solista, LEA
Aunque acumula más de veinticinco años de carrera como músico, Leandro Lopatín no había hecho nunca nada en donde el protagonismo estuviese depositado en su figura. Ya sea como guitarrista en Turf y como pieza del engranaje tecno-rockero de Poncho, siempre puso su talento y su energía creativa al servicio del esfuerzo colectivo en dos maquinarias de funcionamiento constante y de amplia demanda. Por eso, aunque el azar tuvo mucho que ver en su creación, no deja de ser destacable que Lopatín haya terminado de darle forma a su debut como solista en el confinamiento hogareño.

«Fue algo totalmente natural, decantó en esto. Las cosas salen cuando tienen que pasar, eso incluyó grabar un disco mío por primera vez», resume Lopatín sobre LEA, una colección de ocho canciones plagadas de electrónica etérea, voces robóticas y melodías guitarreras, según el clima lo demande. «Tuve y tengo un montón de bandas, soy un loco de eso, pero nunca había hecho algo bajo mi nombre. Eso me costó, porque me preguntaba: ‘¿Cómo me llamo para sacar algo?’ Leandro Lopatín me parecía un poco serio, pero por otro lado soy una persona grande, y ponerme Lea Lopa era raro, como si fuera un personaje. No me cerraba hasta que decantó en sacarlo bajo mi nombre y ponerle LEA al disco», resume.

Para Lopatín, la clave unificadora de las canciones de su álbum debut están en un tono autorreferencial que las rodea. «Yo compongo bastante, y estoy todos los días de mi vida sacando ideas y grabando en el micrófono de mi celular. Hay temas que son muy marcados que van para Poncho, otros para Turf, y estaban estos que eran míos, para que los cantara yo porque hablaban de mí, así que fue totalmente natural», explica Lopatín, antes de aclarar que los proyectos de los que es parte siguen con su modalidad habitual.

-¿Entendiste desde el vamos que esas canciones iban a conformar un disco?

-En un momento me cayó de forma natural, quería grabar un disco mío. Me puse a trabajar, y no quería hacerlo en estudios, sino en mi casa, con mucho amor y sentimiento, y poca guita, poco costo y poca situación de compañía discográfica, con horarios y demás. Una noche me crucé con un flaquito que se llama Julián Ares que siempre me decía «yo te quiero producir un tema», hasta que un día acepté. Fui a su casa-estudio, hicimos uno y me sentí muy cómodo para mi ansiedad y mis tiempos. Era perfecto como él trabajaba, un crack total, entendió todo perfecto. Llevé una maqueta y fuimos construyendo arriba, salvando cosas que había, re grabando otras y fue instantáneo. Pegamos una onda espectacular, dijimos «hagamos otro», y otro, y otro y terminamos haciendo ocho o nueve que son el disco.

-Llevás una década como parte de Poncho, pero te hiciste conocido tocando la guitarra en Turf. ¿Cómo llegó la electrónica a tu vida?

-Ya en la época de Turf me interesaba mucho, y de hecho, cuando terminó la presentación de Para mí, para vos en el teatro Opera, me fui a bailar solo a Pachá. Siempre me atrajo el house a través de Zuker, que hacía una unión como aprobada del house con una pata más rockera, cuando acá todavía era medio excéntrico. Para mí el house y la electrónica son músicas muy viajeras, y me gustaba mucho el anclaje que había con Screamadelica, de Primal Scream. Lo re veía por ese lado, y también por el de The Chemical Brothers y Fatboy Slim, que es electrónica pero con un espíritu que más rock and roll no puede ser. eso siempre me voló la cabeza.

Leandro Lopatin está en pareja desde hace años con Malena Pichot; en el disco cantan un tema a dúo, "Malena"
Leandro Lopatin está en pareja desde hace años con Malena Pichot; en el disco cantan un tema a dúo, «Malena»

-Muchas de las canciones del disco tienen que ver con una intimidad hogareña, y de hecho en «Malena» participa tu pareja, Malena Pichot. ¿Cómo surgió esa colaboración?

-Con Malena siempre hacemos un montón de canciones y reversiones traducidas. Pasamos canciones de Os Mutantes al español y las tocamos, y esa dinámica existe hace bastante y decantó en esto, no es que nos propusimos hacer un tema. Ella grabó como ocho tomas y usamos la primera, en la que los dos nos reímos. Se usó esa, no una en la que cantó todo bien, y tiene que ver con que todo que sea algo gracioso y no tan serio.

Cuando el rock era lo más pacato, todos vestidos de negro, con Turf éramos un mundo de colores

-De hecho, el humor hace bastante al tono general del disco.

-Sí, y me lo mencionaron mucho. Yo soy un chabón que hablo muy en joda, y me pasó mucho que cosas que yo sentía que eran normales, la gente las escuchaba y se reía. Como que no pueden entender que en un tema diga «Todo está igual, nada ha cambiado / Solamente que estás un poquito más pelado»… No sé, es algo común y en mí suena así, pero también entiendo que genere eso porque yo uso mucho el humor para la vida. Hice Turf con Joaquín (Levinton), imaginate. Cuando el rock era lo más pacato con todos vestidos de negro y todo igual, con Turf hacíamos peliculitas y éramos un mundo de colores. Hasta teníamos un sponsor cuando era impensado que hubiera uno en el rock, y encima que fuera Levi’s. Preguntale a todos los que están ahora lo que dan porque los apoye una marca. Hoy es lo más común del mundo. Vas a ver a una banda a un festival y arriba está bien grande la marca.

-Con Turf llegaron a publicar dos singles antes del aislamiento social. ¿Había intenciones de llevar eso a un disco, o era algo destinado a ese formato?

No, estábamos trabajando en la producción del disco, y ahora seguimos trabajando, pero por chat. Mandamos cosas ahí, está muy bueno, hay muy buenas ideas y cosas. Estamos en eso, pero también el escenario es un poco incierto. También eso me vino perfecto, porque al haber abierto yo este canal de algo propio y mío, yo ya salí campeón. El proyecto en sí me hace feliz. Tengo mi canal de Spotify, entonces ahora estoy haciendo un montón de música, y cuando las vaya terminando las voy a ir subiendo. Es eso, no es mucho más ni mucho menos.

-¿Y cómo les sienta trabajar de esa manera remota?

-Estoy un poco triste de no poder hacer lo que a mí más me gusta, que es salir, viajar, tocar y llevar la música. Con Turf estábamos tocando mucho, y es un grupo que transmite mucho. Más allá de que hay como ocho megahits, es un grupo muy popular y somos de tocar en el interior y la gente se copa mucho, hay mucho amor. Es algo muy extraño poder trabajar de esto, ganar plata, viajar y conocer lugares. Ahora en las giras de Turf le encontré la vuelta y en nuestro micro de gira subía mi bicicleta. Llegaba a los lugares y me iba a ver arquitectura, que es otra de mis pasiones, y a fotografiar. Eso lo extraño un montón.

Jazz, discos que tenes que conocer

De los suecos Esbjörn Svensson Trio recomendamos su álbum de 1999, From Gagarins Point of View
De los suecos Esbjörn Svensson Trio recomendamos su álbum de 1999, From Gagarins Point of View
De las big bands a los discos de solo piano. En el inabarcable universo del jazz, la combinación de instrumentos es infinita. Sin embargo algunas de ellas se volvieron emblemáticas y arquetípicas. El trío de piano, contrabajo y batería es, sin dudas, uno de ellos. Aunque proliferaron con especial vigor (calidad + cantidad) durante los 50 y los 60, lo cierto es que la formación se ha mantenido durante décadas como una de las más clásicas en la historia del género.

A modo de repaso, que no intenta establecer ningún tipo de ranking si no más bien un recorrido por momentos icónicos y otros tal vez menos conocidos pero que dan cuenta de la amplitud de posibilidades sonoras que pueden abordarse desde la simple combinación de esos tres instrumentos, aquí van cinco discos de jazz con el tridente perfecto: piano, contrabajo y batería.

Ahmad Jamal – At The Pershing: But Not For Me (1958)

Ahmad Jamal es uno de esos músicos que suele encontrar más reconocimiento entre sus pares que entre el público o la crítica especializada. Su economía de recursos, el uso del espacio como un elemento más de su música y la síntesis melódica fueron una de las grandes influencias de Miles Davis. Por otro lado, los críticos de la época solían calificar sus obra como «música para coctels» y a menudo le achacaban cierta ligereza en la interpretación, como si allí hubiera una búsqueda comercial, «inocua». Escuchado a la distancia, But Not For Me – At The Pershing funciona como uno de esos discos que combina sensibilidad y swing de una manera tan simple como, ahora, indiscutible.

Bill Evans Trio – Sunday at The Village Vanguard (1961)

Bill Evans, Scott LaFaro y Paul Motian formaron el que probablemente sea el trío de jazz más icónico de todos los tiempos. Y Sunday at The Village Vanguard, grabado 11 días antes de la trágica muerte de LaFaro, a los 25 años en un accidente de tránsito, carga con la mística a la altura del mote. La conexión del trío en vivo no dejan dudas del nivel de entendimiento y perfeccionismo que manejaban los tres. Si Bill Evans fue el pianista que mejor combinó expresionismo y jazz, el nivel de detalle con el que él y sus compañeros abordan baladas en este disco (grabado además en uno de los clubes de jazz más emblemáticos que aún hoy existen) juegan siempre en favor de acentuar la genialidad de su líder.

Duke Ellington – Money Jungle (1962)

Aunque mayormente asociado a su rol como líder de big bands y sus composiciones a la altura de los grandes genios del siglo XX, Duke Ellington fue también capaz de descollar en pequeñas formaciones. Claro que para eso se asoció a un dream team que completaban Charles Mingus en contrabajo y Max Roach en batería. Si a priori esos nombres prometen. lo que suena en Money Jungle no es más que la confirmación. La cantidad de recursos de interpretación y orquestación que maneja el trío los hace capaces de todo, incluso de remitir a las grandes orquestas de swing ellos tres solos. Tres históricos a la altura de su historia. Y como si fuera poco, a la semana siguiente Ellington grabaría un disco a dúo con un tal John Coltrane.

Esbjörn Svensson Trio – From Gagarin’s Point of View (1999)

Tan cerca de Bill Evans como de Radiohead. El trío sueco liderado por el pianista Esbjörn Svensson (fallecido en 2008) extiende los límites de la formación hasta lugares impensados y muchas veces criticados por la doxa. Más centrados en generar climas que en demostrar virtuosismo, las composiciones se asemejan a estructuras de ambient-pop. Las texturas y la experimentación sonora dominan el lenguaje del trío que se convirtió en referente de una escuela de jazz escandinavo que tuvo entre la década del 90 y principios del siglo XXI una buena lista de exponentes. From Gagarin’s Point of View es uno de los grandes discos del trío y de la escena nórdica. Un swing de aristas ásperas ideal para quiénes desean entrarle al jazz por el lado menos convencional.

Cecil Taylor Feel Trio – 2 Ts for a Lovely T (2002)

Si usted llegó hasta acá, es hora de que se anime. Siete horas de free jazz lideradas por Cecil Taylor, uno de los pianistas más musicalmente violentos que haya pisado este planeta. Siempre ambicioso, siempre inasible, hacia fines de los 90 formó el Feel Trio y entre los discos que grabó sobresale (por forma y contenido) este monstruoso set de 10 discos. Hay disonancias, estridencias, un swing esquivo, experimentación con total libertad y, sobre todo, un nivel de conocimiento del jazz y su historia que le permiten a Taylor y su trio expandir el concepto de cómo debe sonar el jazz a un lugar pocas veces abordado (ni por músicos ni por el público). Un ejercicio de escucha para tomarse con calma pero para no privarse de experimentar en algún momento.

Con fines solidarios, La familia de Bob Marley lanza una nueva versión de One Love 

La familia de Bob Marley decidió hacer una versión de uno de los clásicos del cantante para la campaña de Unicef contra el Covid-19
La familia de Bob Marley decidió hacer una versión de uno de los clásicos del cantante para la campaña de Unicef contra el Covid-19
Familiares del astro jamaiquino Bob Marley volvieron a grabar la canción «One Love» con el fin de recaudar dinero para el fondo de coronavirus de Unicef. La nueva versión del clásico del reggae cuenta con las voces del hijo de Marley, Stephen, su hija Cedella y su nieto Skip, además de la participación de niños de sectores sociales vulnerables y músicos de zonas de conflicto.

 

Marley grabó «One Love» por primera vez en 1977 junto a su banda The Wailers. Este nuevo registro, que se realiza en coproducción entre el sello Tuff Gong International, que el cantante fundó en los setenta, y Amplified Music, se conocerá el 17 de este mes.

Todos los ingresos de la canción irán a Reimagine, la campaña global de Unicef que tiene como objetivo prevenir los efectos a largo plazo de la pandemia de Covid-19 para los niños y a la adquisición de elementos de cuidado (jabón, máscaras, guantes, kits de higiene y equipos de protección para niños y familias, así como a apoyar los esfuerzos de recuperación y los sistemas de atención médica).

Por su parte, TikTok también organizará un evento de lanzamiento con un desafío centrado en la canción, mientras que la plataforma Pandora igualará cada dólar donado por el público, hasta un millón de dólares.

Bob Marley
Bob Marley Fuente: Archivo

La directora ejecutiva de Unicef, Henrietta Fore, aseguró: «‘One Love’ le habla directamente a una verdad clave sobre esta pandemia: nuestra mejor esperanza para derrotar a Covid-19 y reimaginar un mundo más igualitario y menos discriminatorio para los niños es a través de la solidaridad y la cooperación global. Estamos encantados de que la familia Marley junto con Pandora hayan prestado su generoso apoyo, creatividad y amor para ayudar a los niños más vulnerables».

Hace una década músicos de distintas partes del mundo versionaron el tema «One Love» para el proyecto Playing For Change.

Rolling Stones, canción inédita, «Criss Cross», grabada en 1973

Los Rolling Stones difunden una canción inédita
Los Rolling Stones difunden una canción inédita Crédito: shutterstock
Los Rolling Stones compartieron hoy «Criss Cross»una canción inédita grabada en 1973. Y sí, aunque a priori la fecha de grabación puede no remitir a la época dorada del grupo, hay un dato que lo cambia todo: el tema formará parte de la reedición de Goats Head Soupel disco que contiene nada más y nada menos que «Angie», el arquetipo de la balada de amor rockera. El lanzamiento incluirá, además de material de archivo, 10 bonus tracks entre los que se encuentran otros dos nunca antes escuchados. «All That Rage» es el nombre de una de ellos y «Scarlet,» con la participación de Jimmy Page (guitarrista de Led Zeppelin) el otro. Todos grabados hace más de 40 años y hasta ahora nunca escuchados.

El comienzo de «Criss Cross» es un clásico corte stone. Un juego de guitarras entrecortadas entre Keith Richards y Mick Taylor con todo el ADN del rock and roll. El toque justo de suciedad y swing para que Mick Jagger estire el «Baby» del inicio hasta los límites de la sensualidad y la lujuria. Charlie Watts y Bill Wyman (por entonces bajista del grupo) son los que ponen a andar la canción en un in crescendo que parece ir de un club de mala muerte a la ruta en altas horas de la madrugada mientras el personaje de la canción pide por una transfusión de sangre luego de cruzar miradas con una chica que llegó para salvarlo… o no.

Si bien en su momento Goats Head Soup no fue recibido de manera unánime (el grupo venía del casi imperfectible Exile On Main St.), el disco ha ganado en valor con el paso del tiempo. El sonido del grupo, todavía en el reencuentro con su propio clasicismo hacen que hoy esas canciones sean redescubiertas y resignificadas, con -por supuesto- «Angie» como carnada universal para fanáticos de los Rolling Stones y no tanto. El disco, el décimo tercero de Jagger, Richards y compañía, fue además el último que tuvo a Jimmy Miller detrás de las consolas. Let It Bleed (1969) y Sticky Fingers (1971) habían sido los anteriores trabajos en conjunto.

Los Rolling Stones cuando ofrecieron un show, vía streaming, en el festival One World: Together at Home
Los Rolling Stones cuando ofrecieron un show, vía streaming, en el festival One World: Together at Home Crédito: Captura de TV

Aunque 2020 tampoco fue benévolo con los Rolling Stones, que se vieron obligados a cancelar su gira internacional, nada impidió que sigan haciendo de las suyas. En abril y en plena pandemia, habían editado «Living In A Ghost Town», una canción nueva que terminaron de componer y grabar en pleno aislamiento. «Los Stones estuvimos en el estudio grabando material nuevo antes del aislamiento», escribió Mick Jagger en el momento del estreno. «Y pensamos que esta canción – ‘Living In A Ghost Town’- resonaría en los tiempos que estamos viviendo».

Murió Chocolate Fogo, sobrino de Miguel Abuelo y heredero de Los Abuelos de la Nada

Chocolate Fogo (el primero, de derecha a izquierda), con Gato Azul, hijo de Miguel Abuelo y con los integrantes de la formación de Los Abuelos de la Nada que iba a debutar este año
Chocolate Fogo (el primero, de derecha a izquierda), con Gato Azul, hijo de Miguel Abuelo y con los integrantes de la formación de Los Abuelos de la Nada que iba a debutar este año
Marcelo «Chocolate» Fogo siempre quiso revivir a Los Abuelos de la Nad a. Lo intentó en los 90, cuando aún no se había cumplido una década de la muerte de su tío, Miguel Abuelo. En aquella ocasión confió en su primo Gato Azul Peralta para ser la voz cantante y se rodeó de dos compañeros de mil batalla de Abuelo: el baterista Polo Corbella y el guitarrista Gustavo Bazterrica. Y lo volvió a intentar a fin de año, cuando anunció otro regreso, con una nueva formación y una idea muy acabada de lo que quería lograr. Sin embargo, la muerte lo sorprendió este domingo, a los 53 años y luego de darle batalla a una larga enfermedad.

Chocolate Fogo fue el bajista de la última formación de los 80 de Los Abuelos de la Nada, la que grabó Cosas mías (1986). Allí hay dos temas cuya autoría Abuelo compartió con su sobrino: «Región dura» y «Semental de Palermo». Además fue el productor de dicho álbum. En diciembre pasado, Fogo anunció el retorno de la banda, con el espíritu de siempre y una formación renovada. «A levantar el cachete caído», rezaba la gacetilla de prensa que difundió el grupo. «No hay vuelta del pasado. Nosotros podemos volver del futuro. El que mire para atrás se está perdiendo todo lo que viene» afirmaba en esa gacetilla Chocolate. Su socio, en esta nueva apuesta era nada más y nada menos que Juan Del Barrio, histórico del rock nacional y excolaborador de Los Abuelos.

Fogo y los suyos iban a presentarse en mayo en el Ópera, teatro con el que la banda liderada por Miguel Abuelo tuvo un enamoramiento que quedó estampado en un disco en vivo, de 1985. Esos eran los días de Cachorro López, Andrés Calamaro, Polo Corbella, incluso los del citado Del Barrio.

En la información de prensa del retorno no consumado, además de detallar la lista de clásicos que la banda iba a interpretar y de las nuevas canciones que ya tenían listas, Fogo respondía una serie de preguntas. La primera, la más obvia, tenía que ver con el retorno. ¿Por qué vuelven? «Por que está dentro de la trayectoria de esta aventura llamada Los Abuelos de la Nada. Como los cometas que reinventan su trazada, con sus cambios de luces y energía. No es por mezquinar información, pero son tantos los factores que deben darse que no es fácil de explicar…Los detalles no entrarían en una sola respuesta. Sólo podemos decir que ya no jugamos al misterio. Miguel siempre tuvo una mirada muy respetuosa por lo atemporal, basado en el cosmos y sus fascinantes teorías. El creó una marca que tiene una fórmula, que escapa hasta de su presencia y la de cualquiera que ocasionalmente manipule este contenido. Esto permite cambios en los integrantes, dando paso a la evolución, con mucha personalidad. Un club de fútbol no pierde un jugador o un partido y cierra sus puertas, digamos que esto es algo parecido, con perdón de la comparación».

Fogo tocó en Los Guarros y con los Funky Torinos de Willy Crook en los años 90. Con este retorno de Los Abuelos pensaba rescatar «Mi estrella y yo», una de las canciones del período de Cosas mías que Miguel Abuelo no llegó a grabar pero sí a tocar un puñado de veces en vivo.

No tengo: Nina Simone, la versión de Vicentico y el musical Hair

Vicentico versionó "Aint Got No, I Got Life", inmortalizada por Nina Simone, y la llamó "No tengo". Una canción potente, con una letra que se resignifica en tiempos de pandemia y cuarentena
Vicentico versionó «Aint Got No, I Got Life», inmortalizada por Nina Simone, y la llamó «No tengo». Una canción potente, con una letra que se resignifica en tiempos de pandemia y cuarentena Crédito: AFP/Soledad Aznarez/Archivo

«No tengo casa, ni zapatos/ Ni dinero, ni estilo/ Ni faldas, ni jerseys/ No tengo perfume, ni cerveza/ No tengo hombre». Así empieza la larga lista de pérdidas y ausencias que describe la letra de este clásico que ahora Vicentico grabó en castellano y con el nombre de «No tengo» . Pero ese derrotero no llega al precipicio, más bien cambia de dirección y se eleva como una plegaria. «¿Qué es lo que tengo?/ ¿Por qué estoy viviendo entonces?», se pregunta luego, para exorcizarse después: «Nadie me puede quitar nada/ Tengo mi pelo, mi cabeza/ Mi cerebro y mis orejas/ Mis ojos y mi nariz/ Mi boca y mi sonrisa… Mi corazón y mi alma/ Mi espalda y mi sexo/ Mis brazos y mis manos… Tengo mi vida, tengo mi libertad».

El estudio del que habla Vicentico no está en Buenos Aires sino en Nueva York. Allí estaba él concluyendo el álbum que aún no vio la luz pero que ya entregó dos pistas: «Freak» y ahora «No tengo». Y en un tiempo muerto, en un rato de ocio, se encendió la chispa. En realidad la chispa se enciende cuando uno descubre a Nina Simone. Como en «Antes del atardecer», cuando Ethan Hawke y Julie Delpy la evocan al escuchar «Just in time», descubrirla es entrar a otra dimensión. «La escucho un montón, desde hace años -reconoce Vicentico-. Es una creadora de estéticas. No hay otra como ella. Es única y es único todo lo que hacía. Muy verdadera como artista. En el documental ( What Happened, Miss Simone? , disponible en Netflix) se ve cuán verdadera era como artista».

Vicentico «no se pudo contener». La canción se apoderó de él y todo lo que podía hacer era interpretarla. «A la versión de Nina Simone no le hace falta nada, es perfecta. Yo me identifico mucho con la letra y la quise cantar. Es algo irresistible que nos pasa a los músicos. Puede pasar en una sala de grabación pero también en una casa, en una reunión. Es un divertimento, medio mágico en un punto. Sin ponerme místico. es el deseo de ser Messi por un rato. Jugar, divertirse, y a la vez se transforma en algo muy profundo para uno. Bueno, eso es la música».

David Gilmour

La nueva canción hecha en familia y como tributo a Leonard Cohen

David Gilmour edita nueva canción este viernes, la primera en cinco años, con letra de su esposa Polly Samson y dedicada a Leonard Cohen
David Gilmour edita nueva canción este viernes, la primera en cinco años, con letra de su esposa Polly Samson y dedicada a Leonard Cohen Crédito: Instagram
El primer tema de David Gilmour en 5 años es mucho más que eso. Es un lanzamiento cargado de información, como si la existencia de material nuevo de quien fuera el guitarrista de Pink Floyd no alcanzara en sí mismo para ser una noticia relevante. La canción fue escrita por Polly Samson, su señora, incluye voces de Romany, la hija de ambos, y está inspirada en Leonard Cohen. Todo un derrotero de datos que son más que un listado de nombres y que hacen a entender el contenido de » Yes, I Have Ghosts», tal el nombre del single que acaba de ser publicado.

El lanzamiento de «Yes, I Have Ghosts» funciona como complemento del libro (y audiolibro) A Theatre For Dreamers , escrito por Polly Samson y que narra una ficción localizada en la isla griega de Hidra y está basada en acontecimientos (no reales) que rodean a la vida de Leonard Cohen. En la misma sintonía, la canción muestra a David Gilmour en un plan lo más parecido posible al cantante y poeta canadiense fallecido en 2016. Guitarras acústicas con aires mediterráneos, su voz más grave que nunca, un fraseo recitado y arreglos de cuerdas que le dan al tema una atmósfera de salón cargado de humo y pesares. «Sí, tengo fantasmas, y no todos ellos están muertos», repite Gilmour en el estribillo, con la voz de su hija Romany entrando y saliendo de plano.

Que la letra del tema esté a cargo de Polly Samson no es novedad a esta altura de los hechos. Ya desde The Division Bell , el segundo disco de Pink Floyd en su etapa post Roger Waters, la escritora y periodista había coescrito 7 de las 11 canciones que lo componen. Mucho más que la mano derecha de David Gilmour. A esa sociedad creativa y afectiva, el agregado de Romany en las voces (también toca el arpa en la canción) engrosa el carácter familiar del lanzamiento.

«Yes, I Have Ghosts» muestra a David Gilmour en dos facetas alejadas de sus más conocidas. Por un lado, el registro grave, casi empastado de su voz, y, por otro, el uso de guitarra acústica en lugar de su característico sonido eléctrico casi en plan ambient. En el desafío de jugar a ser otro (nada menos que Leonard Cohen), David Gilmour encuentra una reformulación de sus propias marcas de estilo. Algo que, 50 años de trayectoria después, nadie le exigiría. Que el resultado, además, sea un homenaje a la altura del homenajeado, es un mérito doble.

Sleaford Mods

Conocé a Sleaford Mods, la mejor banda de rock del mundo, según Iggy Pop
Sleaford Mods
Sleaford Mods
«Absoluta y definitivamente, la mejor banda de rock es Sleaford Mods». Así de taxativo fue Iggy Pop, alguien que de rock sabe un poquito, en 2016. A la contundencia de la frase y su emisor, se le suma un detalle: Sleaford Mods no tiene guitarras ni baterías, está conformado apenas por un cantante y un DJ que, en vivo, le da play a las pistas que dispara desde una notebook. Pero la agresividad con la que Jason Williamson escupe sus rimas y la crudeza de las bases programadas por Adrew Fearn emparientan al dúo con el salvajismo del ex The Stooges más que cualquier banda indie de turno. De ahí el linaje, de una conexión que se mucho más en el contenido que en las formas.

Formados en 2007, Sleaford Mods puede verse como una reacción a la siempre prolífica escena británica, abocada, a veces más de la cuenta, a descubrir la nueva gran banda. «Nos gusta el rock, pero ya no es para mí, es una fórmula agotada», dice Jason Williamson (50 años) a través de Zoom, envuelto en una bata y rodeado de los peluches de su hijo, en una imagen que dista mucho de la del inglés marginal estilo Trainspotting que se ve en escena. «Me canso solo de ver grupos de rock convencionales. En dos años ya no le interesan a nadie, dejan de ser novedosos, de seducir. Y las discográficas no los dejan cambiar porque no quieren que se conviertan en algo distinto a lo que en su momento les dio éxito», dice.

Actitud punk y formato hip hop. Así podría describirse el concepto de Sleaford Mods, que acaban de editar All That Glue, un disco recopilatorio que también incluye lados B y algunos inéditos. «La idea era mostrarle la banda a quien no la conociera», explica Williamson sobre el proceso de selección de las canciones. «Fue una excusa para poner canciones juntas que nos gustaban, queríamos tener nuestra colección de canciones y mostrarles también a nuestros seguidores todo eso que logramos y nos hace felices», explica.

Sleaford Mods
Sleaford Mods

Otro aspecto que tiene que mantenerse, para Williamson, es la intensidad. De chico creció escuchando artistas del sello Motown, a The Jam y a los Sex Pistols y el primer gran show que recuerda haber visto en vivo fue a Public Enemy, en 1987. «Tenía 16 años, fue poderoso», cuenta. Ahora, desde arriba del escenario, espera seguir entregando el mismo mensaje, aunque con el tiempo la fuerza se apague. «Creo que nos hemos ablandado pero engrosamos el calibre. No sé si somos más agresivos, creo que somos más contundentes», considera.

-Cuando Iggy Pop los halagó, habló también de la credibilidad que transmiten ¿qué tan importante es eso para ustedes?

-Tenés que ser creíble, si vas a hacer rock, tenés que serlo. Porque si no te volvés unidimensional. Y eso estaría bien si te gustara el pop más liviano. Pero si querés algo más integral, tenés que aspirar a la credibilidad y eso implica permitirte existir sabiendo que no vas a ganar premios ni tener el reconocimiento de los que basan su carrera en la imagen y en la base de fans de sus redes sociales. Porque podemos discutir gustos, cada persona tiene su punto de vista y todos somos diferentes, pero cuando algo es una mierda, te das cuenta.