Pussy Riot

«En Sudamérica sentimos que nuestra música y activismo puede realmente cambiar las cosas»
Antes de tocar en el festival online Aurora, Nadya Tolokonnikova habla de su visita a la región el año pasado y de la conexión que tuvo con las organizaciones feministas locales
Antes de tocar en el festival online Aurora, Nadya Tolokonnikova habla de su visita a la región el año pasado y de la conexión que tuvo con las organizaciones feministas locales Crédito: Josef Jasso
En los primeros minutos de una entrevista, se suele dar un intercambio de gentilezas breves y mundanas que ayudan a romper el hielo con el artista. Son pocos segundos de introducción mutua antes del cuestionario real. Pero algo tan simple como preguntar «¿Qué tal las cosas por ahí? ¿Estás en tu casa?», al menos en esta ocasión, puede hacer que los gestos en el rostro de quien está del otro lado impongan distancia: «No te puedo dar mi ubicación, es parte de nuestra política».

Nadya, o Nadezhda Tolokonnikova, se toma las cosas en serio, quizás en parte por convivir con el miedo de que decir o hacer nunca es gratis. Junto a Masha Alyokhina y Yekaterina Samutsevich, son desde 2012 la imagen asociada a Pussy Riot, el colectivo artístico anarco-feminista ruso que tomó notoriedad global cuando el gobierno de Vladimir Putin las envió a prisión bajo la carátula de «vandalismo motivado por odio religioso».

A partir de ahí se convirtieron en una amenaza cultural para las autoridades locales, que intentaron censurarlas y encarcerlarlas en cuanta oportunidad se presentara. En paralelo, su figura creció mediáticamente como un faro de lucha política ante los ojos de Amnesty International y personalidades de la música como Madonna, Adele, Bono y hasta filósofos como Zizek.

Si alguna vez las Pussy Riot utilizaron el adjetivo punk para describir su proyecto de happening multisensorial, hoy su sonido es mucho más expansivo. Aunque las ideas siguen ahí. Con motivo del Aurora Home Festival -que iba a hacerse en Mendoza pero pandemia mediante se trasladó al contexto online este 18, 19 y 20 de julio-, el grupo regresa de alguna manera a conectar con la audiencia argentina. «Estamos usando estas oportunidades para hacer llegar nuestra música a la gente y las plataformas online son un vehículo para eso», explica Nadya. «Definitivamente en cuanto podamos volver a la normalidad, quiero ir a Argentina y al resto de Sudamérica. Tuve mi primera gira ahí el año pasado y la pasé genial. Cuando digo que literalmente fue mi mejor tour, no te lo digo por decirlo. ¡Es en serio!. Y encima toda la audiencia era súper feminista».

¿Cuáles son tus recuerdos de los distintas reuniones que tuvieron con organizaciones y espacios de mujeres acá?

¿Cómo estás llevando el encierro ahora?

Me siento muy bien. Soy un poco ermitaña por naturaleza y este momento está bueno porque no me da tanta culpa no ser tan sociable. Sí estoy haciendo mucha música, pero tengo también momentos medio oscuros porque nos estábamos por ir de gira. Todo se canceló y eso nos deprimió y nos dejó, como dicen los yanquis, «con las bolas azules». No tenemos esa expresión en Rusia pero me parece sensacional (risas).

En un video reciente das consejos sobre cómo mantenerte mentalmente sana y ejercitar en cuarentena. Pero también comentás que cuando estuviste en la cárcel, leer la biblia te ayudó a estar enfocada. ¿Cómo coexiste eso con ir presa justamente por performar en una catedral?

Los guardias no me dejaban tener los libros que mi familia y mis amigos me venían a traer, así que durante seis meses la biblia era mi única opción (risas). De todas formas justo cuando me arrestaron estaba estudiando filosofía y me encantaba todo lo que tenía que ver con eso e increíblemente también me ayudó a conectarme con varias personas. Había una mujer en mi celda que era una investigadora, y se supone que por ley no deberían poner a un ex policía, investigador o juez con una persona ordinaria en una celda. Después me enteré el motivo y es que la ubicaron ahí para que reportara todo lo que yo hacía, decía o leía. Pero, al leer la biblia juntas, de hecho terminamos haciéndonos bastante amigas. A los meses, ella me dijo, «se supone que debería informar sobre vos pero voy a hacer lo opuesto porque confío mucho más en vos que en el sistema penitenciario». Y terminó mofándose de ellos: reportaba que yo leía la biblia todo el día. Pero en última instancia el problema con la biblia no es lo que está escrito sino como la religión organizada la usa con fines terribles.

Pero esa experiencia, ¿cambió de alguna forma tu percepción sobre la religión?

No tanto. Yo crecí en una familia secular y siempre estuve interesada en religiones, no en una específicamente, pero porque para mí todas son lo mismo. Son un hecho cultural en sí mismo, y por eso siempre me gustó ir a edificios religiosos. Algunos son impresionantes y hermosos, forman parte de una narrativa. Pero de lo que sí soy consciente es que hay un enorme número de personas en Rusia que están influenciadas por figuras religiosas, como por ejemplo el Patriarca Cirilo I. Y cuando él dice cosas antifeministas o cuando da su apoyo a Putin, me irrita muchísimo.

¿Qué cosas te pasaron por la cabeza al ver las manifestaciones en el mundo a partir de la muerte de George Floyd?

Es imposible que siendo un ser humano no te atraviese por completo. No se puede concebir como ese policía sabía que lo estaban filmando, en el medio de la calle, durante el día, frente a varios testigos. No podía creer en ese nivel de… (hace una pausa). Se sintió como que podían hacer lo que querían y no iban a sufrir las consecuencias. Y eso me afecta todavía más si me detengo en que Vladimir Putin impuso unas leyes de mierda que le dan permiso a los policías de ser más violentos contra la gente. Muchas veces él apunta a Estados Unidos y dice: «¿No les gusta esto? miren lo que pasa allá, que los matan a tiros». Este hecho, aparte de ser una tragedia humana, desafortunadamente abre las puertas para que la violencia escale en todo el mundo, porque todos estamos observando lo que ocurre ahí.

Tu reciente canción «1312» es un poco la expresión de ese presente, y cuenta con la participación de Dillom, un nuevo jugador del trap argentino. ¿Qué pensás del movimiento que generaron?

Amo lo que él y su crew están haciendo, y como hicieron crecer su propuesta. Son super independientes y lo hicieron todo ellos, sin managers ni nada. Cuando trabajo con músicos de Los Ángeles, todos tienen un manager y muchas veces ellos marcan el contexto de hacia dónde tienen que ir los artistas. Con Dillom no me ocurre para nada y me siento cómoda también porque soy muy amiga de uno de los chicos que es el artista visual de ellos. Soy parte de la familia y por eso trabajamos de una forma muy abierta. Ellos viven la esencia del DIY que forjó el punk en los ochenta y me empuja a pensar que el trap es el nuevo punk. O sea, no es que todo el trap es como el punk, digo, Travis Scott está lejos de serlo, pero estos chicos saben lo que hacen.

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