Toots Hibbert

La última entrevista
La leyenda del reggae Toots Hibbert murió el viernes pasado a los 77 años
La leyenda del reggae Toots Hibbert murió el viernes pasado a los 77 años Crédito: Wayne Lawrence

El 28 de agosto, Toots Hibbert editó Got to Be Tough, su primer disco en 10 años, y Rolling Stone tenía preparada una larga entrevista con él. Su autor, Jason Fine, tardó algunos años en poder confirmar su viaje a Jamaica para estar cara a cara con la leyenda del reggae, el líder de Toots and The Maytals, que de 2013 a 2016 estuvo sin tocar en vivo porque un fan le tiró una botella de vodka al escenario y le pegó en la cabeza en un show en Estados Unidos -en la primera gira después de ese incidente, tocó en Argentina en octubre de 2016 en el festival BUE-.

En los últimos meses, Toots estaba de regreso, entusiasmado por un disco coproducido por Zak Starkey -hijo de Ringo Starr- en el que hablaba de la desigualdad en su país y su vida atravesando un sistema que no lo trató bien. Pero, lamentablemente, a los pocos días del lanzamiento de Got to Be Tough, el músico fue hospitalizado con síntomas de Covid-19 y el viernes 11 de septiembre por la noche falleció a los 77 años.

A continuación, la nota completa a Toots Hibbert:

Fueron necesarios dos años de llamados y negociaciones confusas para que me invitaran a visitar a Toots Hibbert en su fortaleza de estuco rosado en la zona de Red Hills de Kingston, Jamaica. Cuando finalmente llegué, él no estaba en la casa. Nadie parecía saber el paradero del cantante de reggae vivo más grande del mundo. Su nieto, un aspirante a artista de reggae que se hace llamar King Trevi, estaba sentado en una escalera de cemento, y sugirió que quizás Toots había ido al gimnasio. Una mujer colgando ropa sobre una soga me dijo que quizás había ido al campo. Otra persona me dijo que probablemente durmiera la siesta.

Me indicaron que esperara en un jardín, junto a una verja sucia con los colores de la bandera de Jamaica. Había un viejo de rastas con una camisa de malla sentado en una banqueta de madera bajo la sombra de un árbol de mangos. Me advirtió que me alejara de los Rottweilers, que susurró que eran «peligrosos». Por suerte no vi ningún Rottweiler, apenas un perrito rengo que jadeaba en la sombra. Cerca mío, el chofer y guardaespaldas de Toots, Courtney, al que también le dicen Wesley, comía un plato de pollo para llevar apoyado en el capó de su Toyota Corolla. Le pregunté si había visto al jefe. Su respuesta fue simpática, pero inconducente. «Nyah va y viene», dijo Courtney, usando el nombre con el que la familia y los amigos se refieren a Toots. «Cada día es diferente, le cambia el humor, los sentimientos. Tiene muchas cosas en la cabeza. Un tipo así jamás tiene tiempo suficiente. Èl sigue su propio ritmo. Es el líder y nosotros sus seguidores». Después tiró los huesos del pollo al suelo para que el perro naranja, o quizás los Rottweilers, se los terminaran.

En alguna parte, no muy lejos, se oía música, como si sonara detrás de unas paredes: una pesada línea de bajo de reggae, una guitarra rítmica, teclados derrapando por arriba. Era una sección breve y repetitiva, que tronaba en el aire caliente y quieto. En un momento, entraron unas voces intensas y rítmicas en la mezcla:

¡No están robando nuestros derechos!

¡No les importa

que no nos hayan dado nada! ¡Nada, nada!

La voz sonaba herida pero desafiante, un aullido por momentos gozoso. Era inconfundiblemente la voz de Frederick «Toots» Hibbert, uno de los creadores de la música reggae, y uno de los cantantes de soul más grandes de la historia, en un linaje que incluye a Sam, Ray y Otis. Muy pocas de las voces pioneras de la música moderna siguen vivas y vitales (su amigo Willie Nelson sería el ejemplo más cercano), y así Toots es un tesoro viviente, una estrella cuya luz se originó allá lejos y hace tiempo, pero sigue brillando para nosotros aquí y ahora.

De repente, la música se detuvo. En el silencio, escuché loros discutiendo sobre las palmeras, y niños que jugaban en alguna parte. Cuando levanté la cabeza, apareció Toots de la nada, emergiendo de una puerta de metal en la parte trasera de su propiedad. Llevaba un jogging grande y negro y una camiseta también negra y sin mangas, con los anteojos de sol apoyados sobre su cabello de rulitos negros. Con setenta y largos, es un hombre compacto y sólido, con brazos fuertes y musculosos, y los movimientos rápidos y eficientes de un boxeador (Toots era boxeador de adolescente). En una mano tenía un vaso de plástico de un líquido transparente, y en la otra un repasador sucio, que usaba para secarse el sudor del rostro, y después se colgaba del cuello de la camiseta.

Se lanzó a una sonrisa enorme, y me saludó con las manos en el aire. «¡Fireball!», gritó para recibirme. «Bienvenido al Centro del Reggae».

Esto fue en 2016, cuando Toots no salía de gira y se guardaba en su casa, anclado luego de que un fan arrojara una botella de 1 litro y tres cuartos de vodka al escenario que le dio accidentalmente en la cabeza durante un recital en Richmond, Virginia, en mayo de 2013. Hizo dos shows más antes de que un médico le dijo que había sufrido un golpe grave y tenía que cancelar todas las fechas que quedaban. Las giras habían sido el motor de Toots desde los 70, cuando su clásico Funky Kingston (uno de los mejores discos de reggae de la historia) lo transformó en una superestrella global que tocaba con The Who y The Eagles, y lo ayudó a construir una máquina de giras internacionales de cuatro décadas. En los 2000, con sus pasos de baile estilo James Brown y su voz especialmente poderosa (aún ahora, rara vez sostiene el micrófono más cerca que a la altura del pecho), Toots estuvo en todas partes: encabezó festivales, lideró grupos de jam, teloneó la gira Bigger Bang, de los Rolling Stones, apareció en la fiesta de año nuevo de St. Barth’s con los Red Hot Chili Peppers.

Luego todo se detuvo. No hizo ningún recital hasta 2016. (En retrospectiva, Toots dice que debería haber cancelado la gira de inmediato después del accidente, por motivos tanto de salud como legales, pero «esos no son mis principios. Un boxeador jamás se da por vencido, a menos que le hayan pegado muy duro»). Hubo dos largos juicios: un proceso criminal contra el chico de 19 años que arrojó la botella (Toots pidió que no fuera a la cárcel, pero le dieron seis meses) y una demanda civil contra los organizadores del evento y que se extendió tres años antes de que se alcanzara un acuerdo. La situación arrojó a Toots a un espiral de ansiedad y depresión. «Ahora estoy mejor», dijo. «Me duele la cabeza, tengo miedo, tengo que tomar medicación. Atavesé muchas cosas, pero gracias al Dios poderoso, sigo adelante, man. ¡Me dicen Fireball! Mientras esté fuerte, seré joven».

Desde la lesión, Toots se retiró al estudio, que bautizó el Centro del Reggae, y donde pasa muchas veces siete días por semana, incluso navidad y su cumpleaños. «Si no estoy en la cama, fijate en el estudio», dice.

A pesar del nombre con apariencia oficial, el Centro del Reggae es simplemente un departamento húmedo con paredes de cemento amarillas y un aire acondicionado viejo. Hay un televisor encima de la consola de grabación que en general transmite tenis; hoy a Toots lo distrae un partido de Roger Federer. «El es un fireball», lo admira Toots. El único lugar para sentarse es un sofá improvisado con el asiento de atrás de una van. Hay discos rígidos por todas partes, tambaleándose en los bordes de la consola, apilados en los pasillos, incluso sosteniendo abierta una puerta. Los discos están repletos de canciones que grabó Toots en los últimos tres años; cientos de pistas, según su ingeniero, Nigel Burrell. Hay canciones de fiesta y de protesta, canciones de navidad, y covers de Ray Charles y Otis Redding. En muchos casos, hay múltiples versiones del mismo tema, grabado en estilos diferentes. Toots toca casi todos los instrumentos y canta todas las voces.

La mayoría de las canciones del disco nuevo, Got to Be Tough, que salió el 28 de agosto, empezaron en esta sala. El disco, coproducido por Zak Starkey para su sello Trojan Jamaica, es como una plegaria ardiente dirigida a un mundo en su punto de quiebre. Las canciones, que exhiben la voz granulada y suave de Toots y los riffs de guitarras vintage de Starkey (con algunas apariciones en la percusión del papá de Starkey, Ringo Starr), denuncian el legado de la esclavitud y el racismo sistémico en Jamaica, la creciente desigualdad económica, la destrucción del medio ambiente y los propios pesares de Toots por un sistema que lo vapuleó. Pero Toots no se hace la víctima; es un luchador, un sanador, la voz de la razón.

«Siempre pensé que Toots and the Maytals eran como el punk rock del reggae», dice Starkey. «Cuando era chico, en mi casa sonaba mucho reggae y la sensación que me producía Toots era la misma que The Who, una sensación de agresividad y excitación, las canciones hablaban de cosas. El poder de su voz está más allá de cualquier otro que yo haya conocido. Y él atravesó generaciones de música jamaiquina. Era un adelantado al principio, y sigue siendo un adelantado. ¿No es increíble eso?».

«A Toots no lo podés comparar con nadie», agrega Ziggy Marley, el hijo de Bob. «Como a Bob. Toots es una de esas figuras especiales. Toots es Toots. Es único».

Hoy, Toots y Nigel escuchan una mezcla de «Ten Shillings», con una letra encantadora contra los deshonestos productores que contrataron a Toots y otros artistas jóvenes con contratos terribles que los obligaban a ceder sus derechos por unas monedas, o a cambio de un almuerzo. Este patrón de maltrato continúa: productores y sellos depredadores, managers corruptos e ineptos, y a veces algunas malas decisiones del propio Toots. «Hay muchos problemas de confianza», dice su abogado y amigo Roderick Gordon. «Muchas veces salió mal».

«A veces pienso: ‘¿Quién paga? ¿Cómo paga?'», dice Toots, inclinado sobre su guitarra en el estudio. «No voy a lastimar a nadie, solo les voy a hacer pagar mu-si-cal-men-te», dice, alargando las sílabas. Cada tanto usa patois jamaiquino; por momentos adquiere una cadencia rítmica como una prédica que recuerda las enseñanzas rastafari bajo las que vive. «Estoy enojado. Quiero hacer daño a alguna gente. Pero cuando lastiman a alguien, les digo: ‘La presión te va a llegar'», dice, citando uno de sus hits más duraderos, «Pressure Drop» que, como muchas canciones de Toots, habla del karma y la venganza. «Ahí digo que si alguien te hizo daño, la presión les va a llegar. Hacés algo mal, y te cae un coco en la cabeza: eso es la presión. Tenés que pensar: ‘¿Por qué me cayó ese coco?'».

«Son sentimientos naturales», sigue. «Cosas que me pasan. Así compongo yo. Por eso la gente se identifica. El Señor es bueno, el Señor es genial, ¡pero me están jodiendo!».

 

En una reciente mañana de invierno, Toots se mete en el asiento trasero del Corolla plateado de Courtney para ir a una zona rural en las afueras de Kingston. En un pueblo llamado Portmore, paramos en un bar que es apenas una base de cemento con tres paredes pintadas con naranja, y un mostrador de madera contrachapada doblada. Toots dice que es demasiado temprano para tomar cerveza, así que pide ron: un ron blanco jamaiquino Wray & Nephew, que pide en un vaso de plástico. Se tira un par de gotas en las manos secas, las frota, después choca el vaso con Courtney. «¡Fireball!», grita, y da un trago. «¡Por el buen Señor!».

«Fireball», dice Courntey con lentitud.

«Hey, ey, ey», grita Toots. «¡Mi nombre es Nyah! ¡Yo como fuego! ¡Tienen que admirarme!». Se toma el ron.

«¡Fireball!».

«¡Fuego!», grita Courtney.

No está claro por qué paramos en Portmore, ni si es una parada en el camino hacia otra parte. Pero también es difícil imaginar algo más divertido que recorrer la campiña jamaiquina con Toots un lunes a la mañana. Courtney, al volante, pone un CD donde Toots canta una versión muy fiel del clásico de Otis Redding «I’ve Been Loving you Too Long», que grabó hace poco en el Centro del Reggae. El tema repiquetea y se distorsiona a todo volumen, y Toots canta desde el asiento de atrás. La canción suena durante ocho o nueve veces seguidas; todas las veces, hacia el final, Toots se lanza a cantar las últimas frases («No puedo parar/ Por favor, no me hagan parar ahora») con un falsete glorioso y chirriante, y no parece tanto que estuviera hablando de un viejo amor, sino de la oportunidad de seguir un poco más con su carrera.

Courtney ha sido una presencia sostenida junto a Toots; casi dos metros de musculatura sólida, una lealtad feroz hacia el jefe. Cualquier cosa que necesite Toots, Courtney se la da, desde seguridad en el escenario (tras el incidente de la botella, Courtney se para cerca de Toots durante todos los shows, los brazos cruzados, los ojos fijos en el público) hasta construir muebles para el estudio o acompañar a Toots en sus paseos por bares de los hoteles de Kingston, saltando muchas veces al escenario para cantar un par de temas. «Nunca se sabe lo que va a pasar, es de un momento a otro», dice Courtney, solemne. «Hay que estar siempre listo».

Le pregunto a Courtney si el alcohol le impide hacer sus tareas. «Yo sigo al jefe», dice. «Hago lo que diga. Siempre fue así y siempre será así».

Toots, que estaba coqueteando con la escéptica dueña del bar, se suma: «Todos tomamos y todos trabajamos. Siempre trabajamos. ¡En nuestras mentes!».

Toots es una montaña rusa de estados de ánimo. Es alegre e impredecible, y es un placer estar con él, pero cada tanto desconcierta y se mueve por la vida regido por una lógica extraña, invisible incluso para su gente cercana. Las grandes cantidades de porro contribuyen a esta confusión. En el mundo de Toots el tiempo carece de sentido: si tenés una reunión a las 6 de la tarde, quizás él puede aparecer a las 4:30, pero también puede hacerlo a las 11 de la noche. En público se mueve como un superhéroe del reggae, con un conjunto deportivo de Polo o Hugo Boss y un gorro rastafari, la barba recién cortada; se ríe, grita, baila, boxea en el aire, sostiene bebés, y ofrece saludos «inalámbricos» a amigos y extraños. (Toots les tiene fobia a los gérmenes y no le gusta tocarle la mano a la gente, algo profético para estos tiempos). Hasta ahora, Jamaica apenas tuvo casos de coronavirus, pero Toots, como todos los artistas, debió posponer casi todas las fechas de este año hasta el 2021. En privado, es más pensativo: se preocupa, urde teorías, piensa todo dos veces, reinterpreta acontecimientos. Su razonamiento parece a veces gobernado por corrientes emocionales más que por los hechos; por eso sus historias no siempre tienen sentido, y el significado cambia según cómo se sienta.

Esto es especialmente cierto cuando hace una entrevista. Se ríe con timidez, se desvía con frecuencia, no se acuerda, y cambia de tema. Parece incomodarlo que le pidan que describa su vida con algo de sentido. Aunque está orgulloso de sus logros (muchas veces te recuerda que inventó la palabra «reggae», lo cual probablemente sea cierto, en el título de su canción de 1968 «Do the Reggay»), también es en extremo humilde, enfocándose en el trabajo que le queda por hacer. «Cuando la gente dice que soy genial», dice, «yo les digo que no soy genial, pero que algún día voy a tratar de serlo».

Hoy en el auto, el viejo celular de Toots suena sin parar: intercede en una pelea familiar, da una entrevista por la radio, chequea cómo está su hermana mayor Icilene (la única de sus 14 hermanos y hermanas que sigue viva), y le pregunta a un amigo por dos cabras que piensa asar para una fiesta. En medio de todo esto, le ladra direcciones a Courtney, quien en un momento me doy cuenta que lleva horas dando vueltas en la misma zona rural.

Esa tarde, luego de una siesta y un par de horas en el estudio, Toots se aparece en el Hotel Terra Nova, uno de sus lugares preferidos, con aspecto fresco, con un traje deportivo rojo y negro. Anuncia que va a empezar una dudosa dieta de cinco días que consiste en «galletitas y jugo de fruta», pero cuando llega la camarera, se pide calamares fritos, sin sal.

«No estoy enfermo», le dice, «¡pero quiero estar saludable!».

«El calamar frito no es saludable», le dice ella, y lo convence de pedir calamares al vapor con brócoli.

Admite que siente mucha presión de volver a lanzar su carrera, en un momento en el que preferiría bajar la velocidad, y que siente la responsabilidad de sostener a su familia, que incluye a su esposa de 39 años, Miss D, siete hijos (una octava falleció), junto con nietos, sobrinos, y otros miembros que adoptó informalmente y cuida desde hace años.

«Es difícil, yo lo intento, me esfuerzo», dice, hablando con un staccato, trabajando tanto en el ritmo como en el significado de las palabras. «Trabajo mucho. No me da miedo el trabajo. Pero me estoy quedando sin tiempo, y lo siento. No quiero trabajar mucho ahora. Pero se viene, rápido. Los buenos tiempos van y llegan otros, una y otra vez. Tengo que trabajar, me mantiene joven. La gente me mira, de noche, de día, cada minuto, cada hora, esperan que los cuide, y yo necesito hacerlo. Necesito ser el líder, que los demás me sigan».

«Esta es mi última oportunidad, man», agrega tranquilo. «Tengo que hacerlo ahora. Cada día estoy más viejo. Pero tengo fuerza todavía, así que el tiempo es ahora».

Otra mañana, nos subimos al Corolla de Courtney para visitar a Icilene, la hermana de Toots, quien todavía vive en la sencilla cabaña donde crecieron Toots y sus hermanos en la zona agraria de May Pen, a 55 kilómetros (y un mundo) de distancia de Kingston.

Icilene, cuyo apodo es Birdy, no se siente bien, así que Toots quiere traerle un jugo de noni, una hierba jamaiquina sanadora derivada de la fruta noni que huele a queso y sabe horrible, pero se usa para aliviar dolores e infecciones. Él la visita seguido, en general de noche o bien temprano a la mañana, pero hoy está reacio a hacerlo. «No puedo ir hoy», dice. «La gente se me tira encima. Soy muy famoso ahí. ¡Soy famoso en toda la isla, en todo el mundo! Cuando sos famoso, tenés que darle a la gente mucha motivación. Es como ser primer ministro. Incluso si me apareciera con 100.000 dólares jamaiquinos, no sería suficiente».

A cada lugar al que vamos, Toots da algo. Una tarde alrededor de navidad, dimos unas vueltas en su Lexus negro, y él distribuyó pequeños manojos de billetes a empleados en estaciones de servicio, camareros, personal de los hoteles, a cualquiera que él creyera que lo necesitaba. Es una práctica normal. «A veces mi trabajo, cuando salgo con él, es dar. Damos vueltas y damos plata, comida, remedios», dice Courtney. «¡Todos los días! ¡Todo el tiempo! ¡Dios mío! Cuando suena el teléfono, siempre es alguien que quiere algo. Y él siempre los ayuda. Es Fireball», dice con un chasquido de dedos. «Él lo dio todo».

A Toots siempre lo motivó la generosidad. En la escuela May Pen Primary, les daba su almuerzo a niños que no tenían nada para comer. «La primera vez que lo hice, mi papá me pegó, porque volví a casa con hambre. Me dijo: ‘¿Dónde está tu dinero del almuerzo?'». Toots imita a un niño que llora. «‘Lo regalé, Papá’. ‘¿Por qué?’. ‘Porque las bocas de esos chicos estaban hambrientas’. Mi papá no me volvió a pegar. Me dijo: ‘OK, te voy a dar más así podés regalar'».

Los padres de Toots eran predicadores en una estricta Iglesia Adventista del Séptimo Día (su madre además era enfermera y partera), donde él, junto con sus hermanos y hermanas, cantaban después de la escuela. «Todo el mundo me quería», recuerda Toots. «Aprendí que los buenos modales son la base del respeto. Ahora se lo enseño a mis nietos. No es bueno tener demasiada ira. Si querés sentir un ansia, que sea ansia de hacer el bien, no de hacer el mal. Es así, ¡yo siento deseos de hacer el bien!».

 

Toots en su casa de Kingston, Jamaica, diciembre de 2019
Toots en su casa de Kingston, Jamaica, diciembre de 2019 Crédito: Wayne Lawrence

 

Empieza a gritar, y después a cantar. «Hey-ey-ey-ey ey-ey-yeeee. Lo decidí, quiero hacer el bien todo el tiempo, todo el tiempo me enorgullece caminar por esa línea. Cuando era chico, mis padres decían: ‘Toots, un hombre debe hacer todo el tiempo el bien’. Todo el tiempo, todo el tiempo. yay ey-ey-ey yeeee».

El padre de Toots era un propietario local con diferentes negocios: Toots señala la panadería Butter Nut, donde aprendió a hornear pan cuando era chico y el puesto de frutas que operaban sus padres. «Mi papá era muy trabajador y también le gustaba beber», dice Toots. «Era muy fuerte. Cuando te daba la mano, te quemaba».

Pasamos por la iglesia donde predicaban sus padres, y que Toots dice que le gustaría comprarla y renovarla. «No podía bailar, porque me crié en esta iglesia», dice riéndose, «pero cuando era grande y fui a Kingston y vi lo que pasaba, empecé a ver a James Brown, Wilson Pickett. ¡Ahí me empecé a mover!».

Paramos el auto en un campo en Western Park, un pasto amarronado lleno de basura. «Yo correteaba por acá todo el tiempo, era hermoso», recuerda. «Estaba limpio, llovía todos los días. Ya no llueve todos los días».

Toots se crió en la ladera del distrito Treadlight, donde es propietario de una tierras sobre Hibbert Boulevard, bautizado en honor a su padre. La familia extendida de Toots ocupa unas cabinas con techo de lata junto a la ruta, y los padres están enterrados detrás de la casa de Birdy en la cima de la colina. «Mi papá es dueño de casi todo esto», dice. «Este soy yo de verdad».

La mamá de Toots murió cuando él tenía ocho, y el papá cuando tenía 11; le pregunto si fue difícil perder a los padres siendo tan chico. «Sí, man», dice. «Pero mi papá era viejo cuando se murió. Tenía 114».

Le señalo que esto significa que su papá tenía 103 cuando él nació. «Sí, man», afirma, como si fuera lo más natural del mundo. (En la misma conversación, dijo que su padre nació en 1906, con lo cual tendría que haber tenido 47 cuando se murió).

Cuando llegamos a la casa de Birdy, Toots insiste que yo vaya solo a darle el jugo de noni mientras él espera en el auto. «Decile que se cuide y que quiero que se tome esto, y decile que no lo ponga en la heladera, y decile que la amo. Mi hermana… Decile que no lo ponga en la heladera».

Birdy me saluda con calidez, agarrándome de la mano mientras, sentados en su porche, hablamos de su vida y de su hermano. Explica que es consciente de lo grande que es Toots, pero que, como sigue de manera estricta su religión Pentecostés, no puede escuchar los mensajes seculares e inspirados en el Rastafari del reggae, así que nunca escuchó la música de Toots ni lo vio tocar en vivo. «Amo a mi hermano», dice Birdy. «Siempre dijo que sería un profeta».

Le pregunto por esto a Toots. «Sí, siempre», dice. «No sé cómo se me ocurrió que sería un profeta. Fue el espíritu del Señor, moviéndose dentro de mí de maneras misteriosas, algo adentro mío. Para ser profeta tenés creer en vos mismo, creer en Dios, creer en lo que hacés. Tomate tu tiempo, no intentes llamar la atención. Un profeta puede ser alguien muy espiritual o un vidente, pero si le decís algo a alguien y después no es verdad, no te van a creer más. Yo siempre trato de decir la verdad».

Cuando Toots era adolescente, cambió May Pen por Kingston, donde se quedaba con su hermano mayor John, quien vivía en el ghetto de Trenchtown y trabajaba de cocinero. (John sentía un cariño especial por su hermano menor, y lo apodó «Little Toots» cuando era bebé). «No había autopistas», dice Toots. «Eran solo rutas llenas de agujeros enormes, y el camión paraba ahí, con las gomas todas desinfladas. Bien de campo. La gente andaba a caballo o en burro, y así iba a la ciudad».

El viaje era de apenas unas horas en la parte de atrás de un camión, pero Toots nunca había salido de May Pen, y se bajó antes, en una ciudad manufacturera llamada Spanish Town. «Pensé que había llegado a Kingston, así que ¡me bajé del camión! Volví a casa y les expliqué, y me dijeron: ‘No, ¡eso no parece para nada Kingston!’. Así que tuve que volver a intentarlo. Y la segunda vez llegué. Me di cuenta de inmediato de que Kingston es un lugar muy especial. Era muy lindo en ese entonces, sin tantas cuevas, sin basura, todo limpio. Era una ciudad extraña, donde podías encontrar casi cualquier cosa».

Toots consiguió trabajo en una peluquería, y cantaba mientras cortaba el pelo, en general canciones de la Biblia. Desde el principio, fue evidente que había algo especial en el quejido granuloso y expresivo de Toots, una mezcla de soul y country que se le había pegado escuchando radios estadounidenses y la música religiosa de su infancia. «Mi estilo es diferente de cualquiera de esa época. Decían que mi estilo era country & western y al principio no les gustaba. Pero les encantaba mi onda, y la gente me decía: ‘Man, algún día vas a ser un gran cantante'».

En 1962, Jamaica se independizó del Reino Unido y Kingston estaba repleta de orgullo y esperanza. Y también de música. Los chicos del campo como Toots inundaron la ciudad en busca de trabajo, y los barrios más carenciados como Trenchtown se volvieron semilleros de sonidos nuevos (desde el ska hasta el rock steady, y después el reggae) que mezclaban gospel, soul, y mento jamaiquino tradicional con espiritualidad rastafari.

«Muchos grandes cantantes llegaron del campo a la ciudad en esos años», dice Toots. «Antes de eso, nunca había visto tanto entusiasmo; había una esperanza por el futuro. Eso creíamos. No fue exactamente así: no funcionó para los pobres. Funcionó mejor para los ricos».

Toots armó un grupo con dos chicos de Trenchtown, Jerry Matthius y Raleigh Gordon, que lo habían escuchado cantar en la peluquería. Se pusieron Maytals y empezaron a cantar en el estilo del ska acelerado a tres voces. «¡Éramos malos, man!», recuerda Toots. «Armonías completas. La gente empezó a escucharme y decir: ‘¿Qué? Nunca escuché una voz así'».

Toots hizo un casting para el mayor productor de Kingston, Coxsone Dodd, en su célebre Studio One. «Coxsone me dijo: ‘Tu voz es rara, es diferente, volvé en un par de semanas’. ¡Obvio que volví con la misma voz! Me dijo que volviera otro día y así lo hice. A las seis semanas, me dice: ‘Bueno, ¿tenés alguna canción?'».

Ese día, Toots grabó ocho temas, según recuerda, entre ellos una canción rudimentaria de ska, «Hello Honey» (una frase que sigue usando cuando conoce mujeres). «Por esa canción, Coxsone me dio una hamburguesa», dice Toots. «Yo tenía hambre y me encantan las hamburguesas, así que eso fue lo que me pagaron por mi primer tema». (El primer lanzamiento oficial de Toots, «Hallelujah», de 1962, probablemente también fuera grabado ese día, pero cuando lo editaron internacionalmente, se lo acreditaron a los Vikings, y él no recibió reconocimiento por la canción hasta muchos años después).

Muchas de sus primeras canciones eran reescrituras de enseñanzas de la Biblia, pero luego Toots se topó con la manera de componer desde su propia perspectiva. «Me di cuenta de que era como escribirle una carta a una chica. ¡Tiene que sonar como si lo dijeras de verdad! Yo llenaba cuadernos, como si fueran cartas de amor. Tengo un talento de Dios que es que puedo componer una canción sobre vos antes de ponerla por escrito».

La primera racha de éxitos de los Maytals con Studio One, incluyendo su primer hit en la isla, «Fever», de 1963, y la maravillosa «Six and Seven Books of Moses», son crudos y estimulantes, con prolijas armonizaciones vocales, y el acompañamiento de los Skatalikes, el grupo de Dodd entrenado en el jazz. A mediados de los sesenta, los Maytals eran el grupo top de Jamaica y Bob Marley and the Wailers venían después. «Conocí a Bob [Marley] en Orange Street», dice Toots. «Lee Perry, Bunny Wailer, Peter Tosh, Jimmy Cliff, Ken Boothe, todos eran amigos, y buena gente. Era competitivo, pero amistoso, una época dorada».

Ziggy Marley, quien considera a Toots una «figura paterna» y aparece en una versión de «Three Little Birds», el tema de su padre, en el nuevo disco de Toots, recuerda que Bob y Toots pasaron un tiempo juntos en los setenta en la casa de Marley en 56 Hope Road. «Era como una comunidad», dice Ziggy. «Eran todos grandes artistas interactuando con camaradería. Como un equipo de fútbol. Se respetaban», dice. «Habían sido educados de una forma que no te puede dar el sistema educativo. Venían del campo, y se habían criado en la naturaleza, con espiritualidad, con ética».

«Bob y yo fuimos amigos mucho tiempo», dice Toots, tranquilo. «La mayoría de la gente no sabe cuán amigos éramos. No pasábamos mucho tiempo juntos, pero cuando nos veíamos, era importante. Hablábamos mucho, compartíamos ideas sobre muchas cosas. Pensábamos y planificábamos, porque veíamos que la música se estaba volviendo muy grande, más grande que nosotros, grande como el mundo».

En 1966, los Maytals ganaron el primer concurso de canciones del Jamaican Independence Festival (que volvieron a ganar en 1969 y 1972, y Toots es, este año, una vez más finalista) con «Bam Bam», la canción revelación de Toots. El tema, que al año siguiente Sister Nancy transformó en un gran éxito, es una declaración maravillosa de claridad moral, un paso más allá de las canciones de amor con influencia de Motown y los instrumentales que la mayoría de artistas de ska y rock steady componía en esa época:

Quiero que sepas que soy el hombre

Que pelea por lo que está bien, no mal

Voy hacia allá, crezco hacia allá

Ayudo a los débiles contra los poderosos

Pronto verás al hombre

Que yo debo ser

Poco tiempo después de ganar el festival, Toots y los Maytals estaban volviendo a casa de un concierto en Ocho Ríos, en la costa del norte de Jamaica, cuando la policía los detuvo y los llevó a la comisaría. Toots, apurado para resolver la situación, dejó su bolsa y volvió a Kingston para buscar al manager de los Maytals. Cuando volvió, el oficial había revisado su bolsa, e informó a Toots que había encontrado marihuana. «Me dijo que había encontrado hierba, y me dijo: ‘¡Te voy a encerrar a vos también!’. Y ese fue el ‘bam bam'».

Toots dice que jamás había fumado marihuana hasta entonces, e insiste al día de hoy que se la plantaron, probablemente un manager que quería que otro artista despegara. Se pasó un año en una cárcel de baja seguridad llamada Richmond Farm, donde se le permitía tocar la guitarra y comer comidas caseras. Pero el encierro lo obligó a cancelar su primera gira internacional, que sería en Inglaterra, y comenzaría apenas dos semanas después, lo cual le ocasionó un problema en un momento clave de su carrera.

«Trataban de detenerme, evitar que despegara mi carrera», dice. «Fue político. No puedo decir más».

Cincuenta y cuatro años después, todavía le duele la injusticia. «Estaba enojado», dice Toots. «Sigo enojado». La traición lo volvió desconfiado, algo que persiste hasta hoy, cuando aún mantiene un círculo cercano muy reducido, quizás perdiéndose de oportunidades.

«Mucha gente dice que me puede ayudar», dice Toots, «pero después nos roba. No sabemos cómo operar en este negocio, y muchas veces confiamos en gente que no deberíamos. Una vez un manager se me acercó, parecía profesional, le encantaba mi música. Y me dijo que no me estaban pagando lo que merecía por mis canciones, y que firmara esto, y me dio un papel en blanco. ‘Si firmás esto, me das el derecho de recaudar la plata para vos’. Nunca más lo vi. Es difícil trabajar así. Yo pienso en la música, no en el dinero».

Si algo bueno salió de su tiempo en la cárcel, fue una canción: «54-46, That’s My Number», su clásico, como «Folsom Prison Blues», de Johnny Cash, o «Mama Tried», de Merle Haggard, donde apenas ficcionaliza la experiencia de Toots, creando un himno sublime de tres minutos contra la injusticia, uno de los temas de reggae más estimulantes de la historia, y su primer éxito internacional.

La canción disparó la carrera de Toots, y a principios de los setenta, se transformó en una de las exportaciones musicales más importantes de Jamaica. (Toots sigue siendo un importante embajador de la isla: su música muchas veces recibe a los turistas en un loop continuo en la terminal de llegadas del aeropuerto Norman Manley. «¿A quién le están pagando por eso?», dice. «A mí no.»).

El verdadero despegue de Toots fue en 1973, con el clásico Funky Kingston, co-producido por Chris Blackwell, el jefe de Island Records que también co-produjo Catch a Fire, la explosión de Marley del mismo año. Blackwell dice que conoció a Toots a finales de los 60, mientras el cantante grababa con el productor Leslie Kong en el estudio. Blackwell había escuchado una canción llamada «Funky Nassau», y le dio la idea a Toots de hacer un tema sobre su propia ciudad. «Le dije a Toots que tenía que darnos un éxito sobre Kingston, y así fue», dice Blackwell, quien convocó a Steve Winwood para que tocara el órgano. «Cuando Toots cantaba, lo daba todo. Es puro, totalmente honesto».

El crítico Lester Bangs dijo que Funky Kingston era «la perfección, el conjunto de canciones más estimulante y diverso de parte de un artista de reggae que haya aparecido hasta ahora», y Rolling Stone, informando desde la parada en San Francisco en la primera gira de Toots en Estados Unidos, dijo que era «la esperada aparición detrás de la niebla de una leyenda».

«Jamás había escuchado algo así antes», dice Bonnie Raitt quien, como muchos fans, descubrió a Toots en sus versiones increíbles de «Sweet and Dandy» y «Pressure Drop» en The Harder They Come, la película de culto de 1972. «Esto era mucho tiempo antes de la Internet, así que había que buscar estas cosas en tiendas especializadas con discos de reggae de 45 y compilados».

«Los músicos lo adoraban y ponían su música todo el tiempo», dice Raitt. «Creo que los Stones y otros grupos ingleses tienen mucho que ver con la popularidad de Toots y Bob Marley. Cuando los ves y los escuchás, te das cuenta: el magnetismo y el poder de los artistas que salieron de esa pequeña isla impactó a la música de todo el mundo».

«Como cantante, me parece maravilloso», agrega Keith Richards, que conoce a Toots desde los setenta y grabó «Careless Ethiopians» con él en el disco de duetos de Toots de 2004, True Love, donde también aparecen Raitt, Eric Clapton, Willie Nelson y Jeff Beck. «Su voz me recuerda al timbre de Otis Redding. Cuando lo escuchás hacer ‘Pain in My Heart’ el parecido es extraño. Creo que él lo sabe. Él sabe la contribución que hizo, por eso sigue tocando. Cada vez que me llama Toots, voy corriendo».

Cuando Raitt conoció a Toots, en los setenta, en un camarín después de un recital en Cambridge, ella recuerda que «él estaba literalmente oculto tras una pantalla de humo tirado en un sofá. Después se paró, como un fantasma. Era fantástico porque era muy místico». Años después, cuando hicieron un dueto en «True Love Is Hard to Find», el tema destacado del disco de 2004, ella dice: «¡Estaba envuelto en la misma nube de humo! No lo podía ver. La energía de ese tipo me vuela la cabeza, su talento vocal, el hecho mismo de que pueda cantar así, porque fuma mucha hierba. Quizás eso tenga algo que ver».

«Es una persona de una importancia histórica», sigue Raitt, «como Elvis, o B. B. King, y es muy agraciado, accesible. Ojalá su vida fuera más fácil, que su trabajo estuviera mejor remunerado. Alguien que trabajó tanto como él, con una posición de tanta estima cultural durante tanto tiempo, debería ser, no sé, millonario, viviendo en donde quisiera, con un avión privado».

Un par de días antes de navidad, Toots está sentado en una banqueta en el Centro del Reggae, escuchando las últimas pistas de Got to Be Tough, su primer lanzamiento en más de una década. El disco casi se cae antes de empezar, debido a problemas contractuales. Finalmente, dos días antes de que Starkey tuviera que irse a L.A. a seguir con su otro trabajo de baterista de The Who, Toots apareció en el estudio de Ocho Ríos y grabó 10 temas en dos sesiones maníacas, de toda la noche, animadas por el ron. «Fue difícil, me hizo envejecer, pero es lo mejor en lo que yo haya trabajado», dice Starkey. «Cuando pudimos empezar, despegó. Estábamos sentados en el sofá, con el amplificador hacia nosotros. Sonaba muy fuerte, a Toots le encantaba. Cantaba las líneas de guitarra y después las hacíamos rápido, grabándolas una tras otra».

El primer disco de Toots en diez años tiene un espíritu similar al de American Recordings, una declaración de resistencia que es rara para un artista que está en la sexta década de su carrera. Hoy, Toots escucha las canciones a todo volumen en los monitores con los ojos cerrados, resuelto, totalmente quieto, es difícil saber si le gusta lo que escucha.

Tras un par de canciones, dice que está cansado y sale al jardín. «Estoy orgulloso de lo que hice y del amor que di», dice. «Pero es cada vez más difícil dar el amor que necesita la gente, y ahora lo necesitan más que nunca. No hay tiempo que perder».

Dice que esta mañana se despertó contento, tomó algo de jugo de acedera que le hizo la esposa, después fue al gimnasio donde bailó y boxeó con un entrenador. Cuando volvía a casa, las cosas empezaron a empeorar; el teléfono comenzó a sonar y así arrancaron las frustraciones cotidianas con agentes, managers, abogados y publicistas, todo para mantener viva la máquina de Toots.

Los mangos aún no están maduros, pero hay pequeños ajíes que crecieron en un arbusto abajo del árbol. Agarra dos, y me sugiere que me meta uno en la boca y lo trague sin masticarlo. «Te va a levantar el ánimo, es bueno para la circulación», dice. Él se come el suyo primero, pero lo mastica antes de tragarlo, y le agarra un ataque de tos que lo hace transpirar y tener que tomar agua.

Durante la cena en Jojo’s, un escondite en el centro de Nueva Kingston donde Asedenaji, el hijo de Bunny Wailer, está pasando temas desconocidos de reggae, Toots vuelve a aludir a las fuerzas anónimas que llevaron a su arresto en 1966. Se acerca un poco más a una explicación. «Yo iba demasiado rápido, había tenido muchos temas que llegaron al Número Uno, acababa de salir del campo y la gente me tenía envidia, man. Querían poner a otro en mi lugar. Cuando salí, nunca hablé del tema».

Hay algunos «secretos que deben ser revelados», sigue, pero después se arrepiente. «Demasiado peligroso, man», dice.

Como es habitual, Toots tiene muchas cosas en la cabeza. «Es hora de alejarse de estas computadoras», dice. «Estas máquinas te arruinan el espíritu. Uno les permite que le digan cosas y no debería ser así, porque no se aprende, no retenés las cosas. Lo perdés todo en la máquina, y después todo lo que sabés no está adentro de vos, sino afuera. Todo el mundo cree en la computadora. Si querés saber algo, decís: ‘¿Dónde está mi teléfono? ¡El teléfono sabe!’. Pero, ¿y lo que sabés vos? ¿Lo que sentís vos? Eso se perdió».

Hacemos planes para ir a nadar a la playa al día siguiente, y después almorzar en Screechie, su lugar preferido de comida marítima. Cuando Toots aparece en mi hotel al mediodía, nadie dice nada de la playa. Está solo, lo que es raro, y parece reflexivo, suave, algo que no he visto antes en él. Frente a un bowl de «rasta pasta» (con pimientos rojos, verdes y amarillos), dice que le gustaría abrir su propio restaurante, un lugar «escondido» llamado «Restaurante Centro del Reggae», donde se pueda crear un ambiente sin interferencias exteriores. «Quiero un lugar que sea de verdad mío, donde nadie me robe, y donde la gente se pueda sentir feliz».

Está tranquilo; se reclina hacia atrás, y apoya las manos atrás de la cabeza. Se lo ve casi en paz. «Probala», sugiere. «Te va a dar una nueva forma de pensar».

Por Jason Fine – Desde Rolling Stone USA